domingo, 13 de septiembre de 2015

FÁBULAS EN SOLIDARIDAD CON TODOS LOS INMIGRANTES Y REFUGIADOS EN EL MUNDO

 Fuente: EL PERIÓDICO DE YECLA (Refugiados sirios)

MASA


   Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “¡No mueras, te amo tanto!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

   Se le acercaron dos y repitiéronle:
“¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

   Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: “¡Tanto amor, y no poder nada contra la
                                                            muerte!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

   Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: “¡Quédate, hermano!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

   Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste,
                                                    emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…


CÉSAR VALLEJO, del libro España, aparta de mí este cáliz.
Biblioteca Clásicos del Perú, César Vallejo, Obras Completas,
pág. 792.

   


F Á B U L A S



FÁBULA: EL CUERVO PERSEGUIDO 



El mal invadió el bosque y hombres y animales morían. El Cuervo se puso a luchar contra el mal; pero el mal era más poderoso que el Cuervo, a quien dejó malherido.

Entonces los hombres vieron sospechoso al Cuervo y lo culparon del mal de la peste, porque argumentaron que “era pájaro maldito” y empezaron a perseguirlo para matarlo. En la cacería morían muchos pájaros, y al Cuervo no lo podían matar.

—¡Vete de aquí, hermano Cuervo! —le dijeron los demás pájaros.
—¡Por piedad, vete! —le suplicaron—, la peste y la matanza que nos hace el hombre nos están exterminando.

—¡Sí, hermanos, me voy! —dijo muy triste el Cuervo, con el dolor en su corazón—. Todo mal que sufre la Madre Naturaleza, ella misma con su innata sabiduría lo curará; pero el mal que padece el hombre maligno es difícil de curar, contra el cual hay que luchar sin cesar.


    

FÁBULA: LA CALUMNIA (**)




El Lobo calumnió al Burro de haber matado al cachorro del rey León. El rey de la selva, queriendo aleccionar a todos los animales, los reunió para condenar en público al vil asesino.

—¡Yo no como carne, señor rey! —dijo el dócil Burro con los ojos llorosos.
—El pasto está escaso y el Burro ha degenerado, por eso ha comido carne —acusó el Lobo.
—Pero el olor de las huellas es de fiera. ¿Cómo explicas esto, Lobo? —preguntó el León irritado.
—El Burro ha borrado sus rastros para inculpar a las fieras —se defendió el Lobo.
—Pero el Burro usa cascos y sus pisadas son bien claras. Las que están en el lugar del crimen son garras. ¿Qué dices, Lobo? —interrogó con los ojos chispeantes el rey León.
—Entonces han sido las Hienas —dijo el Lobo.
—¡Ahora cambias tu acusación! ¡Está claro que no ha sido el Burro! ¿Entonces culpas a las Hienas, verdad? —interrogó furioso el rey León.
—¡Sí, han sido las Hienas! —dijo el Lobo con vehemencia.
—¿Qué pruebas tienes?
—¡Que son devoradoras de cachorros! —respondió el Lobo.
—¡Tú también lo eres!
—¡Pero yo respeto a su familia y soy leal! —dijo el Lobo, ya cansado.
—¡Precisamente esa lealtad es la que quiero que me demuestres!
—¡Me someto a la prueba que usted diga, majestad!
—¡Pues quiero oler tu garganta! —sentenció el León, resolutivo.

El Lobo hizo un largo silencio. Luego, agachó sus orejas, hincó sus patas delanteras y exclamó con voz temblorosa:
—¡He sido yo, señor! ¡Tengo doble culpa: he matado a tu hijo y he calumniado al Burro!
—¡Mereces la muerte! —bramó el rey León indignado.

Y cuando el León se iba a abalanzar sobre el Lobo, el Burro se interpuso implorante:
—Señor, por piedad, ya no más muertes. Vendrán las jaurías de lobos de otros territorios para la venganza.
—¿Qué hacemos entonces? —interrogó el rey León, ya calmado y pensativo.
—¡Destiérrelo, señor!
—¡Bien, Lobo, agradece al bondadoso Burro, que te ha salvado la vida, y desaparece de mi vista. Nunca más quiero volverte a ver!

Moraleja:
El veneno de la mentira es el precio de la envidia.





FÁBULA: LA LECHUZA EN LA LUZ 




   

La Lechuza, en honda meditación, empezó a graznar en pleno día. De pronto, el sol empezó a oscurecer y en pocos minutos se hizo de noche.

—Dinos, Lechuza, ¿qué ha pasado? —preguntaron asustados los animales del bosque.
—Se trata de un eclipse —dijo muy tranquila la Lechuza.
—¿Qué es eso? —preguntaron.
—Es simplemente que la luna ha tapado el sol, pero pronto pasará y volverá la luz.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—¡Porque lo estoy viendo con mis potentes ojos! ¡Ahora mismo vuelve a salir el sol!

Y efectivamente volvió a alumbrar el sol. Entonces todos los animales la emprendieron contra la Lechuza:
—¡Es bruja!
—¡Es diabla! —gritaron enfurecidos.
—¡Hay que quemarla! —dijo alguien.
—¡Sí, hay que quemarla! —gritaron todos.

Ante la inminente locura de los fanáticos, el Gran Cóndor bajó de las alturas y con su voz potente y justiciera dijo:
—¡Ignorantes, oscurantistas, dejad a la sabia que irradie su luz en las tinieblas!



FÁBULA: EL CUERVO EN EXHIBICIÓN




   

Fábula sobre la libertad y la dignidad frente a la vanidad y la explotación

El Águila Imperial sacaba pecho en la exposición de aves rapaces.
Tan bien amaestrada estaba, que todos querían tomarse fotos con ella.
De vez en cuando, se llevaba el pico a la cuerda que le ataba una pata.

El Búho, con ojos relucientes y gran cabeza de gato, sacudía las alas y aceptaba orondo los fogonazos de las cámaras.
La Lechuza, de ojos amarillos como el sol y redondos como la luna, permanecía impasible ante la gente y los flashes que la relumbraban.

En cambio, el Cuervo, como un joven rebelde, miraba a los humanos con desprecio. Llevaba su pico a la cuerda que lo ataba y la sacudía con furia. En sus ojos brillaba la rabia.

Su plumaje negro, deslucido, se erizaba como serpientes furiosas. Nadie quería fotos con él. Lo veían como un apestado, por su fama de mal agüero y su aire desafiante.

Pero en sus ojos chispeantes, yo leí lo que gritaba en silencio:
—Vosotros, seres humanos, sois peores que las bestias: nos quitáis la libertad para exhibirnos por dinero y por vanidad.

Moraleja:
Más noble es el que se niega a ser vendido,
que el que por fama se muestra rendido.




FÁBULA: JUSTICIA Y LIBERTAD  




    El clamor por la justicia y la libertad

Si un pobre grita:
¡Pan!
Puede que sea soportable
para sus opresores,
que quizá
le arrojarán
un mendrugo.

Pero que un hombre
del pueblo
clame:
¡Justicia y Libertad!
Allí sí
que para sus
opresores
está mal,
que tratarán
a toda costa
de silenciarlo.

Pero toda noche
tiene su final,
y ningún sistema,
por más bestial,
podrá eternamente
a un pueblo
esclavizar.

Moraleja
El pan calma temporalmente el hambre;
justicia y libertad, al mundo cambian.



FÁBULA: LA UNIÓN 





La fuerza de la unidad

En los Andes se reunieron los animales para discutir la forma de liberarse del Puma, que los venía exterminando.
—Hay que pedirle diálogo —dijeron las inocentes Llamas, mirando con sus ojos mansos.
—¡Ese no entiende de diálogo! —dijo el Zorro muy severo.
—Entre todos pidamos audiencia —dijeron las serenas Vicuñas.
—Será en vano y aprovechará para hacer una matanza —intervino el audaz Guanaco, que muy poco hablaba.
—Supliquémosle que nos deje en paz —se manifestaron las delicadas Alpacas.
—¡Eso es imposible, es una fiera terrible! —exclamó el hábil Conejo.
—¿Qué haremos, hermanos? —habló el manso Perro, que había sufrido la muerte de sus cachorros.
—¿Qué dices tú, hermano Cuy, que estás tan pensativo? —habló el bondadoso Burro.
—Hay una forma de sacarlo de aquí —dijo el ingenioso Cuy, convencido—, ya que nadie aislado puede medir sus fuerzas con el desalmado.
—¿Cuál es? —interrogó el Zorro.
—Para esta acción se requiere astucia y coraje, hermanos —manifestó el pequeño Cuy, levantando su puño.
—¿De qué se trata? —interrogó el Conejo.
—Se trata de que todos vamos a fingir estar locos, de que nos ha caído el mal de la rabia —dijo persuasivo el Cuy.
—Entonces nos empezaremos a morder unos a otros para que se la crea el Puma —reforzó la mentira el Conejo.
—¡Pero hay una cosa que solucionar! —dijo enérgico el Cuy.
—¿Cuál? —interrogaron todos.
—Uno de nosotros tiene que hacer de cuerdo, que no tiene el mal, es quien engañará al Puma —aseveró con fuerza el Cuy.
—¡Que sea el Conejo! —gritó apresurado el astuto Zorro—, porque a mí no me creerá, el Puma me tiene tirria.
—¿Qué dices, Conejo? —interrogó muy serio el Cuy.
—¡Por el bien de toda la comuna lo haré! —exclamó eufórico el Conejo—. Le gritaré al Puma desde la boca de mi guarida, ya pensaré lo que le diré.
—¡Bien hecho, hermano, así se habla! —dijo muy alegre el Cuy, y todos aplaudieron.

Cuando declinaba la tarde, el Cuy dio la voz de alarma: el Puma bajaba a cazar como de costumbre.
De inmediato, todos los animales en la quebrada se pusieron a correr y a fingir que se mordían unos a otros.

El Puma, que en un principio se alegró de ver tantos animales al alcance de sus fauces, se paró en seco al ver la actitud agresiva de las dóciles Llamas y Alpacas. En eso que estaba observando, sacó la cabeza desde su guarida el Conejo y gritó:
—¡Señor Puma, cuidado le vayan a contagiar la rabia esos animales locos!
—¿Qué, se han contagiado con la rabia? —interrogó preocupado el vozarrón del Puma.
—¡Sí, señor! —respondió el Conejo—, una jauría de perros rabiosos los ha mordido, yo logré meterme a mi cueva.
—¿Se han vuelto locos que no dejan de morderse?
—¡Sí, señor, están locos perdidos! Le han mordido también al Jaguar y está loco de remate.
—¿Qué, el Jaguar está con la rabia?
—¡Sí, señor, el Jaguar está haciendo estragos en la otra quebrada, ya no demora en regresar, me preguntó por usted!
—¿Por mí? —resopló preocupado el Puma.
—¡Sí, señor, por usted! Dijo que antes de morir quería saldar unas cuentas pendientes y que no pararía hasta encontrarlo.
—¡Eso es lo que ha dicho!
—¡Sí, señor!
—¡Me quiere contagiar la rabia el muy cobarde! —bramó el Puma indignado, mientras salía corriendo, como un ratón asustado.

El Cuy corrió para abrazar al Conejo por el éxito del plan, y todos los animales se unieron al festejo.

Moraleja
La unión, con astucia y valor,
vence al más grande opresor.


  


EL AVESTRUZ Y EL COLIBRÍ 




Delicadeza y violencia no caminan juntas.

—Ven a caminar junto a mí —le dijo el gigante Avestruz al diminuto Colibrí.
—Eso no es posible, mi querido señor —respondió el alígero Colibrí.
—¿Por qué no puedes?
—Porque podría terminar aplastado por sus inmensas patas. Desde su altura no me vería.
—¿Cómo crees tú, pedazo de animalito, que te voy a pisar? ¿Me crees ciego?
—No es eso, señor, sino que, por casualidad, podría usted pisarme, y un pisotón suyo sería muerte segura para mí.
—¡Entonces, so pedazo de renacuajo, no quieres caminar conmigo! —gritó histérico el Avestruz.
—Sería una insensatez de mi parte, señor, exponer mi vida de esa manera —replicó calmo el Colibrí.
—¡Para mí es una ofensa que me rechaces y no quieras caminar conmigo! ¡No acepto tus disculpas!
—Mayor razón tengo ahora, señor, para no aceptar su invitación. Usted no entiende razones. Mi actitud ha sido correcta al mantenerme a prudente distancia. Si no me mataba con sus patas, lo iba a hacer con su pico. Adiós.

Moraleja:
Aléjate a tiempo de los abusivos,
pues suelen mostrarse muy agresivos.




LA LUZ QUE NUNCA SE APAGA 




   El hombre más rico y vanidoso de un pueblo prendió una vela gigante en medio del altar mayor del templo, para que todos lo vieran.

El hombre más pobre y humilde del mismo pueblo prendió con mucha devoción una pequeña velita en un rincón del templo, para que nadie lo viera.
El cirio del rico comenzó a derretirse como mantequilla en el sol, mientras la pequeña velita del pobre puesta con mucho amor permanecía intacta.
Pasaron los días y la velita del pobre seguía alumbrando causando admiración en el pueblo.
El hombre rico se encolerizó y de un manotazo quiso apagar la velita y la llama lo quemó; pero el soberbio siguió golpeando la luz, que más se avivaba.
Entonces todos los congregados al ver el prodigio echaron al rico del templo y se fueron a buscar al pobre que en el campo seguía en su diaria faena, cultivando con mucho amor sus plantitas...

La luz que nunca se apaga

es la luz del Amor.





FÁBULA DE LOS PINGÜINOS 




  Fábula sobre la unión y el calor humano frente a la adversidad.

Cuando llega la tormenta con frío y viento, los pingüinos no se esconden, sino que se juntan.
Forman un solo cuerpo: hombro con hombro, pecho con espalda, cola con ala.
Siguen su instinto y sabiduría, sin que nadie mande ni se imponga.
Se mueven sin parar, como si danzaran una vieja canción de invierno para espantar la muerte.
Cada paso calienta al otro, cada giro es un gesto de amor.
Quien está en la orilla, donde el viento es fuerte, pronto es relevado al centro, al calor del grupo, y otro ocupará su lugar sin protestar ni tener miedo.
Saben que el calor se hace entre todos, y que si uno se aleja aunque sea un instante, el hielo puede atraparlo para siempre.

Moraleja:
Donde hay unión que se mueve,
la vida nunca se detiene.






FÁBULA: LOS CUERVOS SOLIDARIOS (**)



    
  Fábula contemporánea de resistencia moral y fraternidad militante.

Cuando las Águilas Degeneradas asolaron el bosque, los pequeños pájaros pidieron auxilio a los Buitres.
Pero éstos, hambrientos, comenzaron a devorarlos sin piedad.
Desesperados, huyeron al territorio de los Cuervos.
Los Cuervos mandarines intentaron hacer lo mismo que los Buitres, aprovechando el caos.
Pero la Masa de Cuervos, conmovida por la matanza, se rebeló.
Guiados por los jóvenes Cuervos, alzaron su voz y obligaron a los mandarines a acoger a todos los Pájaros Forasteros.
Los jóvenes, firmes y solidarios, predicaban el Código Moral de la Madre Naturaleza, y exhortaban a todos:
—Hermanitos, aprended de nosotros la unidad en los buenos y malos tiempos.
Confiad en vuestras propias fuerzas.
Nuestra solidaridad no es perfecta, pero aprendamos juntos a mejorarla, para que cada amanecer nos traiga un nuevo sol de justicia, libertad y fraternidad.

Moraleja:
Cuando el pueblo es solidario,
vence al poder sanguinario.



LA FÁBULA ES UNA INTERPRETACIÓN VELADA DEL MUNDO


Alcalá de Henares, otoño de 2015


NMS.
Ilustraciones: Martín Vite Bautista.


Fuente: taringa.net (Refugiados en África)

sábado, 9 de mayo de 2015

FÁBULA DEL NIÑO Y EL LIBRO

f
    En la presente edición de la "Fábula del Niño y el Libro" han sido mejoradas las ilustraciones del original. Y para que el niño o la niña pueda colorear los dibujos, conforme a la idea primigenia, todo el librito se ha puesto en formato PDF, para que pueda ser descargado.
    El presente trabajo sirva como introducción a la próxima publicación en el blog de algunas  muestras de mis libros de fábulas.
    Disculpen mi paso de "tortuga" pensativa.

    Alcalá de Henares, primavera de 2015.

    NMS


    Enlace para descargar:
https://drive.google.com/file/d/0BygbiqDJJRE7RlEzMk5ZSkpCQk0/view?usp=sharing&resourcekey=0-bi5mSPozXD3zocAi4WnRLg


miércoles, 8 de octubre de 2014

LA SABIDURÍA DEL BURRO







NICOLÁS  MASÍAS  SOSA


LA SABIDURÍA DEL BURRO

1º EDICIÓN
DERECHOS RESERVADOS
PIURA-PERÚ.  1991.

CARÁTULA Y DIBUJOS: OSCAR ALARCÓN PRIETO.






PRESENTACIÓN

"El hombre 
es un animal racional".

Como razonador 
alcanza inteligencia suprema.

Como animal 
utiliza su inteligencia 
para hacer el mal 
y llega a lo inaudito 
superando infinitamente lo bestial.

El animal 
es considerado 
"ser irracional"; 
como tal, 
su grado de bestialidad 
tiene límite.

Como ser 
tiene aspectos inexplorados 
de razonabilidad y de nobleza.

La sabiduría del Burro es una fábula 
que llama a meditar sobre lo relativo 
de la inteligencia y de la conciencia 
del ser hombre y del ser animal.



AGRADECIMIENTO

Mi fervoroso saludo y agradecimiento 
a todos los trabajadores: obreros, campesinos, pobladores barriales, ambulantes, empleados y profesionales, que vienen haciendo posible la publicación de mis trabajos literarios.

El Pueblo es la suprema fuente inagotable
de la justicia y sabiduría, de un Arte Nuevo
 y de Humana Filosofía.

Piura, primavera de 1991.






LA SABIDURÍA DEL BURRO

Rayando el alba de un luminoso día, un estentóreo burro empezó a rebuznar con profundo sentimiento. Sus demás hermanos al escucharlo empezaron a imitarlo, y en los corralones se armó un concierto de rebuznos en todos los tonos. Los hombres se quedaron perplejos escuchando aquellas raras melodías, mientras los burros en su canto levantaban la cabeza al cielo en señal de recogimiento.

El amo montó en cólera porque su burro escandaloso no callaba su rebuzno y más bien incitaba para que los demás lo siguieran. Fue hacia él con el látigo en alto, presto a desollarlo. El burro pardo calló y con voz reposada le habló:

—¿Cuándo tú rezas, oras o cantas te castigan tus hermanos?

 —No —dijo el amo admirado, poniéndose las manos en su lacia cabellera—. ¿Por qué me han de pegar? 

—Justamente, eso es lo que estamos haciendo los burros, estamos saludando, orando, cantando... 

—¿A quién? —interrumpió el hombre. 

—A la vida, a la naturaleza, a la inteligencia superior... 

—Pero tus rebuznos son toscos gruñidos comparados con el trino de los ruiseñores. El canto es tan solo de los pájaros y ustedes los están ofendiendo. 

—Los pajarillos son poetas y cantores naturales y a los burros nos arrullan sus salmos, como nos encanta el rumor de las aguas, el dulce canto de la mujer, el estampido del trueno, y es que la naturaleza toda canta en diferentes notas. ¿Acaso no te has dado cuenta con tu inteligencia humana que nuestro rebuzno es un rito en que se mezcla en uno solo, la oración y el canto? ¿No te has dado cuenta que no lo hacemos a cualquier hora y que al hacerlo levantamos al cielo nuestras miradas pretendiendo desvelar todos los misterios...? Nosotros los burros comulgamos con el cosmos, ya que tenemos pura y limpia el alma. 

—Pero tienen cochina la panza —dijo el amo burlón— porque tragan hierba del suelo, de la tierra sucia. 

—Si fuera eso verdad, hermano, no habría burros sanos ni tuvieran tanta fortaleza para el trabajo duro y despiadado que nos imponen los humanos. Las hierbas son potencias nutritivas, son salud; por ejemplo, la potente alfalfa, que los burros comemos todos los días, sirve para el cerebro y los pulmones, los hombres sabios la toman. La salud en el reino animal es cosa normal, ya que no actuamos en contra de la sabia natura; sin embargo, el hombre es un ser enfermo, creador y portador de malignas enfermedades, tienen sus hospitales repletos de piltrafas humanas y todo ello por contaminar el ambiente que los rodea y trastocar su mundo interior, alejándose de su origen para convertirse en un puerco inmundo. 

—Pero digas lo que digas, bruto, el hombre es el rey de la naturaleza porque es el ser más inteligente. 

—Yo no digo lo contrario. El hombre es inteligencia, es historia, es drama, es tiempo, es multitud; pero sería más inteligente y sabio si viviera en armonía con la naturaleza, si fuera justo y solidario con su misma especie, si comprendiera a los animales, a las plantas y a las mismas piedras. 

—Ya que pretendes saber, torpe, ¿por qué a veces eres necio, caprichoso y rebelde? 

—Amigo mío —respondió el piajeno—, el conocimiento es una brasa roja incandescente y está íntimamente ligada a la rebelión. El hombre le debe mucho a su conocimiento y a su justa rebeldía, ella es un derecho en todos los seres. Los burros nos rebelamos cuando nos maltratan y nos castigan injustamente. No es que seamos necios ni caprichosos, hay veces que el peso es demasiado grande y encima ustedes se montan en el lomo del burro dándonos de palos para que avancemos. Esto es el colmo de la injusticia y contra ella nos rebelamos. Al igual que ustedes contra el sistema opresivo o como cuando se rebela la madre natura contra las explosiones nucleares en los fondos marinos y la contaminación creciente, al reaccionar con inteligencia cósmica generando cataclismos y desastres a fin de equilibrarse. Y el hombre que las ha engendrado habla de "fuerzas ciegas de la naturaleza", cuando en realidad el ciego es él. Ciertos hombres y sus pueblos se rebelan con justa razón, teniendo como cimiento el trabajo digno y por ser este creación y redención su protesta alcanza justificación suprema. Cuando nos rebelamos los burros alcanzamos justamente la dicha de semejarnos al hombre, a su aspecto más elevado de espíritus avanzados.

—El trabajo es un deber en el hombre —insistió el amo, caminando descalzo en medio del sol—, y en el animal es doblemente deber. 

—El trabajo debería ser una ley natural en todos los seres —asintió el burro, aminorando su paso—; no hablemos de doble ni de triple, es una gran responsabilidad, quien cumple deberes exige derechos y el hombre por ser la criatura más inteligente está en condición de comprender con razonamiento superior a los animales que le trabajan. 

—En el trabajo hay hombres que maltratan a otros hombres —sentenció el amo—. ¿Acaso no sabes de la existencia de hombres que durante su vida se pudren trabajando de sol a luna y mueren soterrados como topos? 

—Conozco el maltrato entre su género causante del atraso y degeneración humana, y todo por la bolsa de oro, quien la posee se apodera de un sentimiento diabólico en que la avaricia genera su mar negro de tiburones con la que devora inocentes. Y su sed de sangre fresca es insaciable con tal de seguir acumulando oro hasta el infinito. Y con ese satánico objetivo perpetran guerras y matanzas. Conozco, amigo, la condición de la humanidad, la barbarie de los imperios insaciables, que son lobos y hienas para las naciones pobres. ¡He allí sus colmillos apocalípticos con que nos desgarran hasta el alma! 

—¡Ya ves cómo trata mal el hombre al propio hombre! ¿Cómo crees animal que debemos tratar bien al burro? 

—¡Alto, amigo! —levantó la voz el asno pensativo, alzando su limpia mirada y estirando sus orejas—; los malos son los menos, es verdad que controlan el mundo con sus armas y sus bolsas de oro. Pero, por otro lado, se da una encarnizada lucha por el bien común. Hay hombres buenos, mansos y sabios, que cuidan como la niña de sus ojos a sus animales y a sus pequeñas parcelas; curan la sarna a los perros callejeros, curan las heridas a los burros abandonados y les dan leche fresca a los gatitos tirados en los basurales... y así hay hombres tan buenos como santos; otros son tan desprendidos y justos que ofrendan sus vidas por el bien de sus pueblos. Por eso yo sí creo en el hombre, creo en su regeneración sincera.









—Pero a esos humanos de que me hablas hay que buscarlos con lupa o como aguja en un pajar, ya que los hombres por instinto somos malos, tenemos el alma repleta de odio. ¿Acaso tú no odias al hombre por tenerte en condición de esclavo, de cautivo? 

—Es que el odio no ha caído del cielo por arte de magia, sino que es un mal terreno, consecuencia de la injusticia de ciertos hombres, que han engendrado todo un abominable sistema opresivo, y toda esa violencia concentrada ejercida a través de los siglos y de los milenios ha calado hondamente en el alma del hombre. 

—Pero dime, ¿tú odias? —preguntó afanoso el amo. 

—La repugnancia a los entes malignos la tienen los ángeles y hasta las mismas divinidades de todos los tiempos, entonces por qué no los burros, criaturas rebeldes con justa causa. 

—Ya ves como tú también odias y pretendes encubrirte con ingenuidad de cordero. 

—Sí, tengo aversión a víboras, a lobos y al corazón de hiena de ciertos hombres malvados. 

—¿Y me odias a mí? —preguntó el amo asustado, desorbitando sus grandes ojos negros. 

—Tú eres un campesino pobre y te semejas a un río cristalino y torrentoso. La fuerza concentrada no enturbia tu manantial; pero tu impetuosidad puede desbordar el cauce. Y esas son tus injusticias, tus demonios, que al acumularse acarrean desgracias. 

—¿Y cuáles son esos demonios que tengo? 

—El maltrato a tu compañera, a tus hijos, a tus animales. A veces te corroe el odio, el egoísmo, la vanidad, la envidia... 

—Pero con la mujer hay que tener los pantalones bien puestos, el que monta manda. ¿Acaso tú al pisar a tu hembra no la sometes a la fuerza a tal punto que la burra te patea hasta los huevos...? 

—El hombre y la mujer son una unidad y debe prevalecer la igualdad de derechos, sin machismos cobardes. Tu mujer se saca el ancho en los quehaceres de casa y encima la maltratas, no reconociéndole su trabajo agobiante, la haces sufrir como madre al no comprender a tus hijos, que siempre te reclaman cariño y amor. Qué ejemplo puedes dar y qué autoridad moral puedes tener si te vas por allí con otras mujeres, si te vas por allí con las malas juntas a beber el venenoso alcohol y luego te veo sin ningún centavo renegar y maldecir hasta babear. En cuanto a mi burra, yo cumplo con mis deberes y obligaciones que me manda la naturaleza, y no confundamos las patadas que me da, esas son "muestras de amor", y nosotros los burros comprendemos bien ese lenguaje exquisito; pero tú no lo vayas a emplear, eh... cada cosa en su lugar, "cada oveja con su pareja". 

—¿Pero tú crees que esas faltas con mi mujer y la vida, esos "pequeños demonios" pueden acarrear tempestades? ¡Si solo son pecados veniales! 

—Ah, hermano hombre, no te has dado cuenta que lo bueno y lo malo empiezan siendo pequeño y luego se desarrollan. El cáncer empieza dañando una célula y luego se multiplica hasta no dejar tejido sano. Si eres vanidoso y egoísta con tus hermanos, Cómo les vas a exigir justicia a los demonios colosales? Son también esos "pequeños demonios" cómplices del abominable sistema, ya que corroen y aletargan la conciencia de los humildes, exclamando muchas veces: ¡Si roba, si explota, si estafa el grande! ¿Por qué no el pequeño? Son pues verdaderos monstruos y no simples rabos de paja de los humildes, son verdadero caldo de cultivo potenciado por el sistema en su gran chantaje. Nosotros los burros jamás tenemos sentimientos malsanos. El burro no siente envidia del perro que se pasea orondo en la sala del hombre, ni del gato que juega y brincotea en sus techos, ni menos de la vaca que le da su exquisita y nutritiva leche. Nosotros nos sentimos en sintonía con el cosmos siendo útiles a la madre natura y al humano, ya que el trabajo nos redime, lo malo es que el hombre abusa del trabajo del burro y lo esclaviza... 

—Pero ya te he dicho que el mundo es así, ya nada ni nadie lo cambia, ni las mismas guerras. No seas necio, no seas tan burro, comprende. 

—Las guerras —exclamó el asno, tomando aire con sus potentes pulmones— son consecuencia de este injusto sistema, es el odio potenciado entre hordas salvajes modernas, es la barbarie en carne viva, es la peste de pestes y nadie en su sano juicio las desearía; pero se dan en el mundo mientras exista este sistema opresivo. Sí, hay que distinguir entre las guerras opresoras, esclavizadoras, sometedoras, de las guerras justas y liberadoras de los pueblos oprimidos. Las primeras están por perpetuar los privilegios, la opresión y exterminio de los pueblos del mundo y están contra el progreso de la humanidad. Las otras están por su liberación, por el progreso y son históricas porque enarbolan la justicia y una paz perdurable de vida.





—Esos son sueños del siglo XX, burrito, y de sueños viven los tontos. 

—Tontos son los que se dejan engatusar con migajas y con una vida terrena que es un infierno de calamidades y una paz sembrada de cruces; pero el burro no se engaña, pues sabe del bozal y del látigo del hombre. 

—Para hacer realidad tus sueños tendría que unirse el mundo y la división es tan grande entre blancos, negros, chinos, indios, cholos... 

—El problema de las razas no es una traba fundamental, es un factor de peso, es verdad, lo central es el injusto sistema, la explotación del hombre por el hombre, de imperios contra naciones, de ricos contra pobres. No te engañes en relacionar solo blanco-explotador. Hay chinos, negros, cholos con poder económico que son lobos para sus propios hermanos. 

—Pero superar todas esas diferencias de razas, religiones, ideologías... es imposible, ya que los hombres somos adictos a la degeneración. 

—La historia del hombre ha demostrado la posibilidad de superar las grandes barreras y su aspecto bueno siempre lucha por no retroceder a las cavernas, aunque los miserables al verse perdidos podrían hacerlo. Si se da lo peor, la tierra parirá con dolor nuevamente al hombre, que tomando como lección su drama pasado reconstruirá de las cenizas una nueva civilización bajo otras condiciones y otra moral. 

—Estás loco, amigo burro. Tu cuerpo grandote es pura pantalla, pues te patina el coco. 

—Con mi potaje diario de alfalfa estoy más cuerdo que Sócrates y más fuerte que Hércules. 

—¿Por qué eres grandazo y tienes cuatro patas te crees más fuerte que el hombre? 

—Tú lo has dicho; pero jamás abuso de mi fuerza. ¿Acaso tú has visto al burro pegarle al chivo, a la oveja o al cordero? A pesar de la debilidad de estos hermanos jamás el burro es abusivo; sin embargo, ustedes golpean y humillan a los débiles... 

—Serás fuerte, pero eres una bestia fea con esas cuatro patas y esos cascos tan prehistóricos. 

—La belleza es relativa en la naturaleza. La fuerza es bella. La inteligencia es bella. Aun la ferocidad del puma. Qué ridículo y feo sería el hombre si anduviera gateando o de rodillas. Quizá el burro se hubiese visto temerario y más hermoso si anduviera solo con sus patas traseras y levantando al cielo las delanteras. 

—Entonces no servirías para transportar carga y serías una bestia agresiva. 

—Los hombres me respetarían, como respetan, admiran y temen al león, al tigre, a la pantera; pero la naturaleza con inteligencia suprema ha puesto un orden magistral, que hasta mis cascos están bien puestos, si no los tuviera no serviría para transportar cargas enormes en medio de tantas piedras y espinas, que me desollarían mis pobres pezuñas. ¿Qué sería del hombre sin sus células pensativas? Un idiota con dos patas que se hubiera extinguido de la faz de la tierra como un bicho cualquiera. Si hablamos de humana belleza en relación al burro, cuidado con nuestros grandes y profundos ojos, cuidado con otras cualidades físicas que muchos hombres quisieran poseer... 

—¡Ah, mañoso! —dijo el hombre riéndose malicioso—, ya sé a lo que te refieres, a tu sexo. 

—De eso ni me hables, los burros tenemos larga... ventaja...

 —¿Por qué la tienes grande te crees machazo? 

—Yo no lo digo sino ustedes, los hombres. Aprecien la felicidad de mis congéneres en este aspecto, y si acaso quieres saber la medida de mi complacencia tendrás que preguntárselo a mi hembra…







-

—¡Ah, carajo, eres pendenciero, burro hijuna...! 

—Yo no hablo lisuras, ustedes son los que han inventado infinidad de cuentos y bascosidades a costillas de nuestro miembro, ya que reconocen que el burro lo tiene bien puesto, aunque aquello no es la clave porque toda la llave maestra está en la mente del ser. 

—Pero cuando vas cargado hamaqueas el trasero como una mañosa. 

—Es verdad, cuando voy demasiado cargado tengo que medir paso por paso y se me quieren salir hasta los riñones; pero en lugar de producirte mofa debería darte vergüenza, ya que te hunde más en tu bajeza. 

—El hecho es que cuando vas recargado te asemejas a una hembra en celo. 

—Una cosa es parecer por la fuerza de la bestialidad y cosa diferente es serlo. Los burros tenemos la cabeza y los testículos bien puestos. 

—Me fatigas con tu cháchara hueca... 

—Al hombre le aterran sus grandes verdades. 

—Ya no te hagas el loco, es hora de trabajar, hasta cuándo vas a seguir filosofando 

—dijo el amo arremangándose su eterna camisa caqui. 

—Pero si el trabajo en sí es una filosofía. 

—Ya basta de fantasías —dijo el hombre ensillando su burro.

—Vamos al trabajo, te estás poniendo zángano. 

—¡Zángano! ¡Zángano! —exclamó el asno—, son esa banda siniestra de gusanos que medran a costas del trabajo ajeno y se revuelcan en cadáveres... 

—Pero ustedes trabajan a desgano y hay que estarlos arreando siempre. 

—En la forma que el hombre nos ha impuesto el trabajo es una esclavitud y un gran sufrimiento. ¿Acaso no te has fijado en los ojos de dolor del burro en la descomunal faena? ¿No has escrutado su infinita tristeza consecuencia de la incomprensión humana? Cuando estamos con nuestras crías pastando en los invernaderos, la vida es dichosa y placentera, nos olvidamos de todas las pesadillas y nos igualamos a los buenos humanos; pero no por ello abusamos de la libertad gloriosa, que como galardón supremo nos ofrece la vida en su gran sabiduría. 

—Ya déjate de charlatanerías y demuéstrame concretamente en nuestra diaria faena que eres burro cuerdo y no eres necio.

 —Muy sencillo, te lo demostraré con un hecho cotidiano. Cuando quieres que avance, ¿Cómo me dices?



  
 
Y el hombre pensó un momento y de inmediato se chupó los labios dando la respuesta: 

—¡Puch... puch... puch!

—Y cuando quieres que me detenga ¿Cómo me dices? 

—¡So... so... !

—¿Y yo entiendo tu lenguaje sencillo? 

—¡Sí! —exclamó el hombre—, lo entiendes.

El hombre se quedó meditando..., le parecía mentira que el burro entendiera. Entonces se le vino un mal pensamiento, de los que guarda en su conciencia el lado oscuro humano. "Hoy lo jodo", pensó. Y montando en el burro lo llevó rumbo a una montaña. Después de haber cabalgado unas horas llegó a la cumbre en donde se veía la negrura de un precipicio. El hombre desmontó y con su pensamiento turbado le habló:

—¿Dices que entiendes? 
—¡Sí! —respondió el burro meditativo. 

—Muy bien —exclamó el hombre.

Y poniendo al burro de cara al abismo empezó a chuparse los labios, para que el burro avanzara.

—¡Puch... puch... puch!

Se chupaba el hombre los labios. El burro seguía parado.

—¡Puchpuchpuch...!

Y el burro impertérrito sin moverse, como un algarrobo bien plantado. Entonces el hombre al no ser obedecido se llenó de odio y cogió el viejo látigo y descargó su furia ciega sobre el lomo y cabeza del burro desgarrándole hasta las entrañas, gritando como un loco, que "el burro no entendía", que "era un bruto".

El Burro con su dolor a cuestas y con voz quebrantada le dijo:

—Precisamente porque entiendo no me arrojo al abismo, si lo hiciera me igualaría a ciertos hombres cobardes que se derrumban ante las dificultades o doblan sus rodillas ante el sistema opresivo sin tener la valentía de levantarse y luchar con todo coraje. Si tú, hermano, eres asesino, arrójame con tus propias manos. El hombre fue tocado en lo más sensible de su alma, que lo hizo volver a su cabal sentido. Le volteó la cara al burro, observando que sus grandes ojos eran manantiales cristalinos. El hombre se sintió ruin, rebajado a la condición de homicida. De súbito, con sincero afecto abrazó con todas sus fuerzas a su buen piajeno, comprendiendo por fin la sabiduría y nobleza del burro.

El burro lleno de dicha y alegría desde lo alto de la montaña desplegó a los cuatro vientos, cual gloriosa bandera, su rebuzno sonoro... y el eco multitudinario esparció el sonido por todos los confines del globo, llegando a las aldeas más lejanas, siendo recibido por los hombres humildes de la tierra como señal de buenas nuevas...



  














LA SABIDURÍA DEL BURRO,  de Nicolás Masías Sosa se terminó de imprimir en la ciudad de Piura el día 16 de Diciembre de 1991 en los Talleres Tipográficos de IMDISER por encargo de PÁVEL EDITORES.























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