domingo, 13 de octubre de 2013

AGUAS VIVAS





AGUAS VIVAS


A Teresa de Jesús Laurente Capilla,
noble madre del pueblo,
en homenaje póstumo.

EL AUTOR


Nicolás Masías
Ediciones Pavel
Viñetas: Osman
1ra. Edición

Próxima entrega:

LA HACIENDA – Parte II: 

LAS PEONADAS






En toda fantasía
encontramos escondida
parte de la realidad
pasada, presente o futura.

Ya que la realidad
es INCONMENSURABLE,
EXISTE,
gran parte de ella está oculta
y solamente conocemos
una fracción muy relativa,
es por ello que se convierte
en más fantástica
que la propia fantasía.

¡AGUAS VIVAS!

Es un cuento fantástico-realista,
una alegoría y un grito
de fe y esperanza
en el drama del hombre
por su libertad,
por su sed de sabiduría
y por su propia vida.

NMS

A G U A S V I V A S


El hombre, desde la opuesta orilla del profundo y prohibido río, contempló al otro hombre que lo miraba pensativo.

Pasando el río, en aquel lugar descubierto por casualidad por el hombre vagabundo, había un jardín esplendoroso en el que se apreciaban hermosas manzanas, jugosas naranjas, carnosos higos... y frutas desconocidas. Había flores multicolores de las especies más raras, hermoseadas por un sol majestuoso. Los infinitos pajarillos que revoloteaban por los aires con sus trinos hacían un concierto de música extraña que encantó al pobre vago.
Al volver en sí, vio al otro hombre que iba desnudo, seguido de ágiles perros que lo acompañaban fielmente como mansas palomas. Conversaban con él tan animadamente, quién sabe en qué lengua.

Al ver tantos frutos en aquel apacible jardín, el hombre vagabundo quiso cruzar de inmediato el río prohibido; pero sus aguas parecían tener vida y pensamientos propios. De pronto se embravecieron, como crispadas culebras que se contorsionan, prestas a inyectar su mortífero veneno.

El hombre mundano se aterró. Él casi no conocía el miedo. Su vida, llena de peligros y vicisitudes, había transcurrido al margen de la ley y al filo de la muerte, a la que siempre enfrentó en desigual combate. Pero aquellas aguas con vida propia, que se contorsionaban y crecían como lenguas de fuego, sí que lo sobrecogieron.

Se retiró prudentemente de las encrespadas aguas mientras miraba al jardín florido y al hombre desnudo, quien le respondía también, como queriendo comunicarse. Percibió su lozano rostro y sus tiernos ojos. Escrutó mejor y vio en el hombre desnudo felicidad e insatisfacción.
“¿Por qué —se preguntó—, si lo tiene todo? ¿Qué le faltará?”, se interrogó de nuevo.

Para su sorpresa, vio que el hombre desnudo le hacía señas y emitía unos sonidos melodiosos, pero desconocidos. En eso, las aguas en la otra orilla se convulsionaron, y el hombre desnudo salió corriendo, mientras sus fieles perros lo seguían.






Se retiró prudentemente de las encrespadas aguas mientras miraba al jardín florido y al hombre desnudo, quien le respondía también, como queriendo comunicarse. Percibió su lozano rostro y sus tiernos ojos. Escrutó mejor y vio en el hombre desnudo felicidad e insatisfacción.
“¿Por qué —se preguntó—, si lo tiene todo? ¿Qué le faltará?”, se interrogó de nuevo.

Para su sorpresa, vio que el hombre desnudo le hacía señas y emitía unos sonidos melodiosos, pero desconocidos. En eso, las aguas en la otra orilla se convulsionaron, y el hombre desnudo salió corriendo, mientras sus fieles perros lo seguían.

Se retiró de aquel extraño lugar sobrecogido y meditabundo. Fue a contar lo sucedido a sus compañeros de andanzas. No le creían lo que contaba, por más que juraba. Tantas veces les había mentido; pero esto sí que era en serio. ¿Cómo los convencería?
El hombre bandido, desesperado, apostó los míseros centavos que tenía, y la seguridad que puso en ganar la apuesta asustó a la pandilla, que jamás había visto al mentiroso tan nervioso y excitado.

Al siguiente día, los facinerosos armaron una excursión. Provistos de hondas, huaracas y haciendo mil ruidos y burlas, llegaron al sitio en donde el hermoso jardín se levantaba multicolor en el celeste cielo.

La pandilla, al ver tantos frutos, se abalanzó con vehemencia a las aguas del río prohibido, sin hacer caso a las advertencias del amigo. De inmediato fueron arrojados a tierra por una fuerza interna que moraba en las propias aguas.
De repente empezaron a bullir, haciendo infinidad de remolinos que amenazaban con tragárselos.

Los vagos quedaron semiparalizados en la orilla, luego de ser golpeados y repelidos por las aguas. Todos sus cuerpos y sus cabezas les quemaban, como si fueran hornos humanos. No comprendían qué clase de fuerza los había repelido.
¿Descargas eléctricas? ¿Rayos desconocidos?


  


   Por entre la humareda que emergía del agua, los mundanos semiconscientes empezaron a ver, como si fuera un sueño, hombres y mujeres desnudos que los saludaban. Ellas eran tan hermosas como rojas manzanas. Sus formas, esculturales, semejaban a Venus bajadas del cielo. En ellas se reflejaban felicidad y una leve tristeza. Miraban siempre temerosas al río prohibido.

El encanto de las mujeres pudo más que su miedo: los hombres vagos continuaron embelesados mirando tan exquisita belleza, mientras las aguas enfurecidas rugían como salvajes leonas.

Las Venus en la otra orilla miraban con inocencia a los hombres mundanos, les observaban los rostros curtidos, los desaliñados cabellos y los harapos que les colgaban. Les parecieron hombres tan angelicales y bellos.






   









Las hirvientes aguas, que seguían enardecidas, empezaron a desbordar su cauce, haciendo huir en desbandada a los vagos.
Los hombres y las mujeres desnudos en el otro lado del río se quedaron tristes, contemplando la correría de los mundanos.

Tan pronto los intrusos huyeron, las pensantes aguas se calmaron y enfriaron, como habían estado antes, en eterno arroyo, alimentando la esplendorosa vida de aquel valle. Mas, celosas, miraban vigilantes a las hermosas mujeres, que con sus largos cabellos por delante les cubrían los bellos rostros y los redondos senos. Ellas se habían quedado entristecidas por la huida de los hombres desconocidos.

Los hombres mundanos comunicaron a los cuatro vientos el insólito suceso, y al siguiente día medio mundo estuvo congregado al frente del jardín florido de los hombres desnudos.

El gobierno militar de aquella nación ordenó de inmediato el cerco bélico del jardín y del río de Aguas Vivas.
El ejército y la aviación desplegaron sus efectivos para acabar urgentemente con aquella amenaza que representaban las aguas con vida y esos hombres desnudos.

Tanques, morteros y cañones —por aire y por tierra— y miles de hombres modernamente armados entraron en combate, desatando un ruido estruendoso de guerra que estremeció a los mismos cielos.

Las Aguas Vivas, que conocían y vigilaban al hombre desde sus ancestros, comprendieron todo y se apoderó de ellas una tristeza cósmica, indescriptible para el ser humano.
Lloraron... lloraron después de cientos de miles de años, como tiernas madres.





  Y entonces, en medio de su dolor y rabia, dieron una sola demostración de su poderío ante el necio y bullicioso ejército invasor, bullendo en un santiamén a miles de grados de temperatura y empezando a elevarse a los cielos convertidas en denso humo, semejante a un gigantesco volcán eruptivo.

El mando central de las Fuerzas Armadas, aterrado, ordenó a la aviación y a todas sus fuerzas la inmediata retirada, mientras las intensas temperaturas calcinaban el espacio y convertían en ceniza las modernísimas naves que cercaban los aires.

Unas cuantas horas duró la retirada de las Aguas Vivas, en ascenso al cielo y en descenso al subsuelo.
La columna gigantesca de humo, que cual recta infinita comunicaba la superficie con los cielos, se apreció en los remotos confines de la Tierra, cual luminosa estrella que guió a los Reyes Magos.
Gran conmoción en el mundo hubo ese día.

En las cercanías del jardín florido, los hombres mundanos —ilesos y atónitos— se estremecieron, y un terrible miedo se apoderó de sus almas.
Mientras, al interior del jardín, las mujeres y los hombres solos lloraban amargamente, como niños, su incierto destino.

Luego de recobrar conocimiento, los invasores militares sobrevivientes huyeron en desbandada ante el miedo que les calcinaba el alma y el intenso calor que los quemaba.
¡Qué confusión y desorden en pocas horas! Gran número de muertos y heridos en la huida, sin que las Aguas Vivas directamente atacaran.

Pero, qué raro: a los hombres y mujeres solos, aparte de su descomunal miedo, no les pasaba físicamente nada.
El jardín florido los guarecía; parecía que una atmósfera propia los protegía del resto del mundo que habitaban.

Se retiraron todas las Aguas Vivas, excepto una sola y gigantesca Burbuja ubicada en medio del cauce arenoso del río, burbuja que comunicaba con el subsuelo por donde también se habían marchado las aguas, a dar nueva vida a las entrañas de la Tierra, a los mares, a los ríos, a los lagos... y a otras dimensiones desconocidas.

A los meses, después de arduas deliberaciones en todos los establos grandilocuentes de esa injusta sociedad, sus Fuerzas Armadas, reordenadas y dirigidas por una constelación de asesores militares de otras naciones imperiales y con muchos más efectivos y material de guerra, invadieron el valle y el jardín florido de los hombres desnudos.

El cauce que habían dejado las Aguas Vivas era muy profundo y una tierra blanca, purísima como la nieve, se levantaba en el infinito. No había humedad en el cauce, solo polvo blanco, purísima tierra. Pero en el centro, allí estaba la gigantesca Burbuja con vida, del tamaño de una bola de fuego, que giraba y latía como un corazón exaltado; que miraba como un ojo divino, custodiando el cosmos; que amaba y sentía como alma de madre; que meditaba como cerebro de sabio; que irradiaba magnetismo con sus ocultos poderes.

Los ejércitos invasores penetraron a mansalva al jardín florido, vomitando fuego y pólvora, destruyendo los frondosos árboles de exquisitos frutos, matando a los animales de su fértil tierra y a las aves de su hermoso cielo.

Los hombres solos fueron golpeados, torturados, vejados y apresados.
Ellos no opusieron ninguna resistencia. Jamás habían conocido la violencia, ni comprendían lo que pasaba.
Solo habían vivido en comunidad, sin contrariar a la sabia naturaleza, en solidaridad con sus hermanos —los hombres del jardín— y con todos los seres: animales, vegetales y minerales, que los rodeaban.

El equilibrio de aquella vida natural había determinado su prolongada juventud y longevidad, cien veces superior a la de los hombres llamados civilizados.
Solo por las Aguas Vivas del río prohibido sentían respeto y miedo a la vez: aquellas mansas y cristalinas aguas en donde se bañaban todos los días eran una autoridad que se levantaba como juez supremo por sobre sus cabezas.
Sabían que en aquellas aguas moraba la vida; pero a la vez era una línea infinita e infranqueable, cual jaula dorada cercada de finos y puros diamantes.

Mas qué ansias de saber tenían ellos, de conocer y palpar qué había más allá en el bullicioso mundo al que ni siquiera intuían.
Aquella ignorancia los perturbaba, el transcurrir de su larga y perfecta vida con su trabajo cotidiano —fuente de salud y bienestar en la comuna—.
¡Qué injusto les había parecido rebelarse contra la madre que los cobijaba!
Cuántas veces, en sus centenares de años, se engendró en sus cerebros y se anidó en sus almas el sagrado derecho de la rebeldía.
Pero “¡qué osadía! —se dijeron—. ¿Por qué nos vamos a rebelar contra la vida? ¡Si aquellas aguas son cien mil Nilos, dadores de más vida!”.

Pero la duda pululaba cada vez más en sus cerebros, y se preguntaban:
“¿Por qué estar siempre en las manos de aquellas aguas? ¿Por qué esta madre tan celosa, que día y noche nos vigila en los infinitos meses, años, siglos, milenios... y tener que soportarla una eternidad? ¡Ah, qué martirio!” —exclamaban—.

Y allí estaban otros hombres tan bestiales como ninguna bestia por ellos conocida, porque hasta sus hermanos lobos, tigres y leones jugaban con ellos y conversaban como amigos.
Pero estos brutos venían con aparatos que vomitaban fuego y acero por aire y por tierra. ¡Qué podían hacer ellos si solamente sabían producir la fértil tierra, que generosa se portaba como una madre sacrificada!

Los militares continuaron su brutal destrucción sin ninguna resistencia, menos de las bellas mujeres, que fueron violadas, vejadas, golpeadas, crucificadas por los salvajes invasores.
¡Qué mansas ovejas fueron ellas en las garras de los verdaderos lobos!

Cuando los guerreros incendiaron y destruyeron el vergel de los hombres solos, y ya casi estaba consumado todo, los ejércitos se percataron de la gigantesca Burbuja, que latía con vida.
Entonces la ira mundana se desató contra ella. Fue bombardeada con toneladas de acero por aire y por tierra. Pero allí seguía ella, burbujeando, latiendo, pulverizando y tragándose el acero como si fuera nada.
¡Qué insensatez, si ella era el poro por donde respiraba la vida!

Los militares consumieron todo su material de guerra en pretender desaparecer la Burbuja de la vida; pero todo fue en vano. Impertérrita, ella se erigía cada vez más lozana, con renovado brillo y palpitante vida; parecía que se reía y burlaba del pobre mundano, que pretendía liquidar con su garra cochina EL ETERNO SOPLO DE VIDA.



E P Í L O G O

En el jardín florido, a los pocos días del desastre, renació la vida con otros frutos, animales y hombres conocidos.

Después de largos años de cautiverio, los hombres desnudos convivieron con los mundanos, y el hombre conoció las entrañas del hombre.

La Burbuja de Aguas Vivas siguió latiendo incansablemente a través de los tiempos, por los siglos de los siglos…



PIURA, INVIERNO DE 1986


NMS

viernes, 6 de septiembre de 2013

LA HACIENDA


II

LAS    PEONADAS

(CONTINUACIÓN)





  Don Rubencito y Camilo concluían de alimentar con aceite al D-8, y Chapalolla, con un balde de agua lleno de agujeros, echaba apresuradamente el líquido en el enorme radiador de la cartapila. Era media tarde; el sol todavía quemaba y, en el bosque, a lo lejos, continuaba el canto de los pajarillos; unos audaces sobrevolaban el escenario de trabajo del hombre, causante de su mundo trastornado. Don Rubencito había hecho una pausa y Camilo, completamente sudoroso, se acordó de algo.

—Chapalolla, tráeme la limeta de chicha pa' convidarle a don Rubencito.

—Ya, mestro, ya mismo dejo de echar agua.

Don Rubencito y Camilo miraron hacia donde estaba Chapalolla.

—Pucha —dijo don Rubencito—, ese balde viejo mea por todos lados; en el próximo viaje te traigo uno nuevo, Chapalolla.

—Gracias, don Rubencito. Siempre le digo y le redigo al mestro Camilo que ese balde ya no sirve; pero no me hace caso. El mestro jefe Seminario es más juicioso; me hubiera rechausado si me viera con esta porquería.

—¡Apura, serrano chinchoso! —exclamó Camilo—. Qué delicadita la bandida; ya Rubén te ha dicho que te va a traer un balde nuevo, pa' qué tanta laraca.

Chapalolla se puso colorado y, avergonzado, miraba. Don Rubencito, viendo al muchacho ruborizado, se acercó al tractorista y le dijo algo al oído. Entonces Camilo se dirigió hacia el púber y, tomándolo suavemente por los hombros, le dijo:

—¡Este cholo es lindo, es bien chamba, mi serrano de coco y caña; no te achiques, mochica; que si eres mosca no te reconozca!

Al ver que los hombres bromeaban alegres, Chapalolla sonreía ahora contento, limpiando la limeta color madera, cuya tapa era una panga seca de choclo.

—Ah, qué rica —dijo don Rubencito—, después de beber unos buenos tragos de chicha de jora.

—Es de la catacada; a mí me da especial la chola —dijo Camilo, sonriendo maliciosamente—. Toma bien, Rubencito, pa' que tengas fuerza pa' tesar a la Guillermina.

Don Rubencito se puso serio y movió maquinalmente la cabeza mientras tomaba más largos tragos. Luego le pasó la limeta a Camilo.

—Rubencito —dijo Camilo, poniéndose serio—, ¿qué pasó después del pago a los estables? ¿Cómo reaccionó la gente, qué hicieron? Dime.

—Ah, esa vez —dijo don Rubencito, recostando su enorme mano derecha en el techo de la máquina— me hicieron quedar hasta el sábado. Lo normal era que viajara con la plata de la quincena desde el viernes para que el sábado por la tarde le paguen a la gente; pero, por disposición del pelau Domínquez, tuve que hacerlo de otra manera. Cuando llegué, el domingo a las tres de la madrugada, los tractoristas, los jornaleros, los cuadrilleros, los piareros, armaron un alboroto de los mil diablos. Allí estaban a la cabeza los hombres bravos que mueven a la gente.

Estaba jefe Seminario encabezando a los tractoristas; estaban los líderes de los peones —Indalecio, Juvencio, Belisario y Campoverde— con sus caras de acero; los bravos piareros Samuel, González y Mogolloni; los gigantescos cuadrilleros del molino, el Toro y Wilmer; los encargados de las invernas con el duro Pata-marrada; los valientes jóvenes de Chirinos, Surpampa, Cachaco y Cachaquito; también estaban todos los oficinistas en sus puestos por orden del ingeniero Núñez, quien se encontraba presente; y la mula Morey, rodeado de sus mayorales y capataces.

El ingeniero Núñez había informado del aumento, pero no sabía ahora cuánto era. Cuando bajé estalló el griterío de la gente y rodearon el lan rober como avispas en panal. Los vi alegres y ellos me miraron; mi cara les dijo mucho. Jefe Seminario se me acercó; él estaba sereno, estudiando la situación, y la tardanza del pago le olía mal.

—Rubencito —me dijo—, ¿qué novedades?

—Muchas —le dije calladito—: el aumento es muy poco y para las contratas ni un centavo. Cuídate.

—Muchas gracias, Rubencito —me respondió—; cuidado que hay soplones.

Me dio la mano despidiéndose prudentemente. En eso venía el ingeniero Núñez y los empleados de la oficina muy preocupados, pues iban a tener un trabajo enorme con el nuevo aumento, que ni el ingeniero conocía. Yo traía el dinero en un sobre bien cerrado con goma y se lo entregué al ingeniero. Los empleados empezaron a cargar los costalillos de la plata hacia la oficina; yo entré con ellos para rendirles cuenta del dinero que traía.

El ingeniero estaba en la oficina leyendo la carta enviada por el patrón: su rostro agraciado y pálido mostraba preocupación; sus cabellos castaños caían ondulados por su frente; en sus grandes ojos marrones se notaba tristeza; de su nariz recta y perfilada salía una respiración entrecortada y de sus labios carnosos, adornados por su fino bigote castaño, salía su aliento desfallecido. Cuando terminó de leer se quedó con el papel en la mano, suspendido en el aire como implorando; todos los oficinistas estaban atentos para recibir la orden del porcentaje del aumento.

El ingeniero Núñez —continuó Rubencito— se paró con gesto sereno y enérgico, como retomando el control, y se dirigió a los hombres de la oficina:

—Señores, tenemos serios problemas. El aumento del diez por ciento que habíamos acordado con los trabajadores y que había aceptado don Felipe no se va a dar. En esta carta firmada por don Felipe se nos indica solamente un aumento del tres por ciento para los trabajadores estables y, para los contratados, ni un centavo.

Los oficinistas se quedaron pensando preocupados y fue cuando el ingeniero Núñez preguntó:

—Salazar, ¿desde cuándo no se les aumenta a los trabajadores?

—Desde hace tres años los salarios están congelados, ingeniero —respondió.

—¿Podrías calcular, Morán, la inflación acumulada de estos tres últimos años? —pidió el ingeniero.

—Ya la habíamos calculado con Salazar, ingeniero, con los datos de la inflación anualizada que da todos los años el Ministerio de Trabajo en Lima, basados en las cifras de la Dirección Nacional de Estadística del Ministerio de Hacienda, publicadas en el Diario Oficial El Peruano. Para estos tres últimos años hemos calculado que la inflación acumulada es del 33,6 %. Con este aumento del 3 %, los trabajadores perderán el 30,6 %.

—Y hay que considerar, ingeniero —dijo Salazar— que la base salarial que tienen los trabajadores es mucho menor que el Salario Mínimo Vital.

—Lo que ganan los trabajadores —dijo Washintón— no les alcanza ni para pagar las tiendas, ya que la mayoría están muy endeudados; sus sobres les salen vacíos porque esa deuda se la descontamos por planilla y el dinero se lo entregamos a las tiendas, como usted sabe, ingeniero. Este aumento no les va a servir de nada; se seguirán endeudando.

—Las tiendas están limitando los pedidos de los trabajadores —dijo Salazar—; tenemos muchas quejas de que la tienda de Ruesta no quiere dar a los trabajadores alimentos de primera necesidad: limita la leche, los fideos, el arroz, el aceite, el kerosene… Así como van las cosas, ingeniero, los trabajadores no van a tener ni para una comida al día.

—Estamos en un problema serio —dijo, pensativo, el ingeniero—. Para su información: nos mandan una directiva de alertar a la policía y al ejército, por si los trabajadores hacen protestas o declaran una huelga.

—Es un plan bien calculado, ingeniero —dijo Salazar—: mísero aumento para los trabajadores estables, nada para las contratas. Esto busca dividirlos y, si protestan, reprimirlos. Está aquí la mano negra del señor Julio Domínquez, que solamente ve los números fríos de la ganancia; pero no ve el lado humano del trabajador, del que hace la producción, como sí lo ve usted, ingeniero.

—Pero ya ves cómo me han desautorizado —dijo amargamente el ingeniero, observando tras los cristales a los trabajadores en fila, inquietos en la cola para cobrar.

—Ahora los trabajadores se irán contra usted, ingeniero —dijo alarmado Washintón.

—Eso me preocupa —dijo el ingeniero—; dirán que no tengo palabra; pero los dirigentes saben bien que puse todo de mi parte para convencer a don Felipe del aumento del 10 %. No era suficiente, pero al menos no era miserable. De todas maneras estoy expuesto a la cólera de los trabajadores. Los dirigentes, en cuanto vean el mísero aumento, vendrán contra mí; ya veo venir furioso a Seminario y su gente a reclamarme.

—¿Qué hará, ingeniero? —preguntó Salazar.

—¡Decir la verdad! —dijo el ingeniero con gesto serio—. ¡Que es orden superior de la dirección de Piura! Y que esta decisión es contraria al acuerdo que habíamos fijado y que yo mismo estoy desconcertado.

—¿Entonces, ingeniero, vamos a pagar con ese aumento del 3 %? —preguntó Salazar.

—¡Sí! —dijo rotundamente el ingeniero—; no tengo margen de maniobra: son órdenes del dueño. ¿Qué más podemos hacer, Salazar?

—Tal vez llamar a Piura para que reconsideren el aumento —respondió Salazar.

—No, lo verán mal. Lo verán como que estamos a favor de los trabajadores, y se entiende que nosotros estamos para defender los intereses de la hacienda, los intereses del dueño.

—Pero se está llegando a un extremo peligroso en que los trabajadores ya no van a poder más y se van a rebelar, ingeniero —dijo Salazar—; eso debe hacérselo ver al dueño y a ese señor Julio Domínquez, que dicta órdenes desde su despacho de Piura, bien cómodo y sin tener ningún peligro como lo tenemos nosotros.

—Es verdad —dijo Washintón—; nosotros aquí en la hacienda estamos en peligro: ya no vamos a poder salir de noche porque nos pueden linchar o tirarnos una pedrada en la oscuridad o hacer cualquier daño a nuestras familias, a nuestras casas.

—Comprendo, comprendo —dijo el ingeniero, apaciguando el ánimo de su gente—; otro día veremos más calmadamente este asunto. Ahora, señores, manos a la obra: la gente afuera está impaciente; hay que pagarles con ese aumento del 3 %. Yo mismo les voy a ayudar a sacar los porcentajes. Hay que poner los montos en los sobres; a mano, con la máquina de escribir demoramos más.

Entonces se dirigió a mí y me dijo:

—Rubén, que no tienes sueño, hombre, debes de estar molido del viaje.

—La verdad, ingeniero, es que se me ha ido el sueño —le respondí.

—En buena hora; ayúdanos separando los billetes y contando el sencillo; hazlo con calma.

Cuando le pagaron a los primeros peones, luego me contó jefe Seminario, todos los trabajadores estaban a la expectativa y vieron que casi no había ningún aumento; ese 3 % era tan diminuto que no se notaba, era tan sólo una bicoca, un mendrugo; pero, para desgracia, hubo peones que se alegraron de esas migajas y dijeron: “peor es nada”.

La gran mayoría de la masa trabajadora se indignó y mandaban a la mierda a don Felipe y a toda su descendencia; otros lo mandaban al último culo del infierno; otros sacaban sus pocos soles y hacían añicos el sobre; y muchos, como siempre, dibujaban una culebra o una boa en el sobre, indicando deudas a las tiendas —y Nole, el joven empleado, seguía entreteniendo a los peones con esos jueguitos. Pero esta vez lo resondraron; no estaban pa' juegos: “que se vaya a la mierda, también esa cagarruta” —dijo un peón sumamente enojado.

Y otro, tan molesto, levantando la voz con su sobre vacío, gritó: “¡que el patrón se meta en el ojo del culo esos centavos de aumento, a ver si caga arroz y plátano!” y otro le contestó: “sería mejor que cagara espinas y abrojos”.

Me contó jefe Seminario —continuó Rubencito— que cuando se dio cuenta de que el mísero aumento era un tercio de lo acordado, de inmediato se reunió con Indalecio, Juvencio, Belisario y Campoverde y decidieron entrevistarse de urgencia con el ingeniero Núñez.

Estábamos en plena faena del pago en la oficina cuando llegaron los dirigentes con caras de pocos amigos. El ingeniero Núñez sabía que vendrían y parecía que los estaba esperando. Los recibió caballerosamente. Jefe Seminario tomó la palabra:

—¿Qué significa este ridículo aumento salarial, ingeniero? ¡Es un tercio de lo acordado con usted y con don Felipe!

—Yo también estoy desconcertado, Seminario —dijo el ingeniero con voz calma—; pero son órdenes de Piura; me lo indican en esta carta firmada por don Felipe, que la acaba de traer Rubén con la plata de la planilla. Aquí se nos indica el aumento del 3 % para los estables…

—¿Y para las contratas? —interrogó con voz fuerte Indalecio.

—Para las contratas han decidido que no haya ningún aumento —respondió serio el ingeniero.

—¡Qué! —exclamó jefe Seminario—; ni siquiera el 3 % para las contratas.

—¡Nada! —reafirmó el ingeniero.

—¡Cómo es posible que hagan esta canallada con los trabajadores de la hacienda y con las contratas, que se revientan trabajando! —levantó la voz con furia jefe Seminario—. A ellos con sadismo les dan más duro en el suelo. ¡No lo aceptamos, ingeniero!

—Ingeniero —habló pausadamente el educado Belisario, contrastando con el vozarrón de jefe Seminario, extendiendo sus brazos y entrecerrando sus grandes ojos grisáceos—: se tiene que reconsiderar este aumento mísero para los estables y la medida abusiva contra los compañeros contratados al no considerárseles ni un centavo de aumento. Los dirigentes rechazamos enérgicamente esta medida de Piura y planteamos que se nos considere el aumento del 10 % acordado por los trabajadores y aceptado por el dueño de la hacienda. ¿Qué ha pasado en Piura para que se castigue tan duro a los trabajadores? Llevamos tres años con los salarios congelados, perdiendo más del 40 % de nuestro poder adquisitivo, y esta pérdida es mayor si consideramos que los dueños de las tiendas suben cada vez más los precios de los artículos de primera necesidad, ya que aquí nadie los controla. Con este mísero aumento no vamos a poder subsistir, no vamos a poder vivir; y tenga en cuenta, ingeniero, que el trabajo que realizamos es muy duro. Los trabajadores se vienen enfermando cada vez más, lo mismo que sus hijos y, así como vamos, si no se soluciona el problema, no soportaremos más; entonces pueden suceder cosas muy graves. Por eso, ingeniero, ahora cuando amanezca debe llamar por radio urgentemente al dueño y decirle que los trabajadores no hemos aceptado el mísero aumento y hacer que rectifique la medida.

—Ingeniero —tomó la palabra el peón Campoverde en voz alta—: debe hacer saber a Piura nuestra enérgica protesta: los trabajadores no aceptamos esas chamisas que nos dan como aumento; no mejora en nada nuestra mísera situación. Ya con este salario no podemos seguir viviendo. Yo tengo dos hijos y con mucho sacrificio los tengo estudiando en la escuelita de Surpampa. La semana pasada uno de ellos se me desmayó en clase; el pobre sólo había tomado una tacita de yerbabuena con un pan. Esta es la realidad de nuestro salario de hambre. ¿Qué futuro les espera a nuestros hijos? Y nosotros damos la vida para que engorde la hacienda. Nosotros no pedimos limosna; pedimos un salario justo para el peón, para la contrata, por nuestro trabajo digno.

—¡Ingeniero! —exclamó el bravo y fornido Indalecio—: esa es la realidad de nosotros, los parias de esta hacienda; usted la conoce bien porque vive aquí en la Dina. Es verdad que usted vive apartado de nosotros en su buena casa y con todas las comodidades; no digo que no se lo merezca —pa' eso ha estudiado y es ingeniero—; pero usted no haría nada sin nosotros los trabajadores; con toda su ciencia no haría nada usted solito: los que siembran y hacemos parir la tierra somos nosotros, incluidas las contratas, que no se les ha concedido ni un centavo de aumento. Por eso usted, ingeniero, debe también luchar y sacar la cara por su gente que trabaja; debe rebelarse contra el dueño y los que lo aconsejan para que nos den lo acordado; debe hablar con autoridad, porque ahora mismo está quedando mal con nosotros, porque no han respetado lo que acordamos con usted y con el dueño de la hacienda. Pero ya basta de injusticia, porque si no cumplen lo acordado estamos dispuestos a hacer una huelga general con todos los trabajadores; así hágaselo saber a los señoritos de Piura.

—¡Si ingeniero, haremos la huelga si no cumplen lo acordado! —dijo con voz potente jefe Seminario—. Ya ha escuchado a los compañeros; ya no nos queda otra alternativa; nos quieren engañar con aumentos miserables: nos quieren dar un caramelo como si fuéramos niños. Esto es una burla a la clase trabajadora, y es más grave cuando ha sido un acuerdo aceptado por la máxima autoridad, que es don Felipe.

—¿Qué otro poder oscuro más allá del dueño se ha opuesto? ¿El señor Julio Domínquez, el administrador de Piura? —preguntó alguien—. Ese señor jamás sabrá cómo se siembra la tierra ni comprenderá las necesidades vitales de los peones y de las contratas; ese señor que viviendo cien veces mejor que el ingeniero Núñez sólo sabe calcular con su maquinita la ganancia, el beneficio para la hacienda y para sus bolsillos, y nos impone a los que producimos salarios de muerte. Ese señor no tiene conciencia y tiene callos en vez de alma; por eso nos está sentenciando a una muerte segura. Y nosotros, ingeniero, no nos vamos a quedar con los brazos cruzados. No, mil veces no: haremos la huelga; preferimos morir en la cárcel que morir de rodillas, muertos de hambre. Por eso sea claro, ingeniero: ¿qué va a hacer?

Jefe Seminario —continuó Rubencito— estaba indignado; sus ojos claros y penetrantes relampagueaban; su melena alborotada estaba desparpajada; su amplia frente colorada sudaba; por su larga nariz se precipitaba su respiración agitada. Su recia figura y sus enormes brazos, en permanente movimiento expresivo, dibujaban con sus manos en el aire toda clase de figuras. Los compañeros estaban vivamente molestos. El ingeniero Núñez había escuchado sin cortar a nadie y asintiendo con la cabeza los razonamientos de los dirigentes. No se inmutó ni siquiera cuando Indalecio le mencionó que vivía apartado de los trabajadores en su noble casa con todas las comodidades; sólo se puso serio. Dejó que se desahogaran los bravos dirigentes de las peonadas; luego hubo silencio. Todos los dirigentes miraban al ingeniero para que dé la respuesta.

—Estimados señores —empezó con voz suave el ingeniero, mirando a cada uno de los dirigentes—: siento mucho esta situación que no está al alcance de mi voluntad. Ustedes son testigos de que yo apoyaba el aumento del 10 % para todos los trabajadores de la hacienda, incluidos los contratados. También, en principio, don Felipe lo aceptó. Pero inexplicablemente ese acuerdo ha sido anulado por el mismo don Felipe y quizá por consejo del administrador Julio Domínquez. Esta es la triste realidad. Ante esto les soy sincero: yo no tengo autoridad; les digo con toda claridad, para que no haya malas interpretaciones, que no puedo revocar esta nueva medida que me manda el dueño por escrito. Lo que sí puedo hacer, Seminario y demás dirigentes, es llamar al señor Felipe el lunes temprano —hoy, domingo, no puedo, porque la oficina está cerrada y no se puede llamar por radio—. El lunes le haré ver a don Felipe lo que me han manifestado; incluso le diré que están dispuestos a paralizar las labores si no se les da el aumento acordado. A esto sí me comprometo; la decisión que tomen ya depende de los señores que dirigen la hacienda desde Piura. Como verán, me voy a comprometer una vez más con ustedes y lo hago a sabiendas de que el administrador Julio Domínquez me ponga en entredicho con don Felipe, al decirle quizá que yo estoy sacando la cara por los peones. Lo que voy a hacer es algo justo y, si hay represalias, sabré a qué atenerme. Así que ya saben lo que voy a hacer el lunes.

Hubo silencio —continuó Rubencito—, roto por jefe Seminario que, ya un poco calmado, agradeció al ingeniero ese compromiso; luego le extendió la mano e hizo un ademán para que el resto de dirigentes estrecharan la mano del ingeniero. Después los vi salir apresurados a conversar con los trabajadores que estaban cobrando.

Al siguiente día me contó jefe Seminario lo acontecido esa madrugada, después de salir de esa reunión informal con el ingeniero. Me dijo:

—Salimos corriendo para conversar con los trabajadores que estaban cobrando; hice uso de la palabra brevemente para informar sobre el aumento, sobre la conversación con el ingeniero y sobre nuestro planteamiento de huelga. La gente me escuchó atentamente. Luego, cuando terminé, nos rodearon muchos trabajadores; estaban muy indignados por el ínfimo aumento; pero cuando les planteamos más de cerca la huelga para hacer retroceder a la patronal —y que esa huelga también sería por la defensa de nuestros compañeros contratados— la mayoría lamentaba la situación de esos negros morropanos y esos cholos catacaos que vivían como animales en los canchones; pero no se mostraron decididos a protestar con una huelga que paralizara las labores por nosotros mismos y por las contratas.

—Secamos nuestras gargantas —me dijo muy triste jefe Seminario— para convencer a nuestra gente que había llegado la hora de pelear, pero solamente una minoría estuvo de acuerdo; el resto comenzó a irse a sus chozas a esas horas de la madrugada.

—Hubo también pirañas rastreras —me dijo jefe Seminario, con los ojos indignados—: unos mal nacidos que desanimaban a la gente; lejos de apoyar a las contratas, dijeron: “¿qué mierda vamos a apoyar a esos negros pajeros y a esos cholos chicheros? Que se manden a mudar pa' sus tierras”.

Le iba a dar un merecido a ese canalla, pero se me corrió el cobarde. Me contó el jefe que se había desesperado y que Juvencio y Campoverde lo habían apaciguado.

Cuando rayó el día todavía seguían pagando a los últimos. Yo salí de la oficina con permiso del ingeniero, y allí estaban firmes los bravos luchadores que querían la pelea con otra gente de la masa brava; aunque yo sabía que su alma y su corazón sangraban. ¿Con qué cara se iban a presentar en los canchones, donde moraban las aguerridas contratas? ¿Qué les iban a decir si habían coordinado hacer una sola pelea?

“Los hombres pobres son uno solo; por eso unen su corazón y sus manos en la pelea”.

Lo había dicho una noche, en una reunión clandestina allí en los canchones, Pá Isaac, el viejo negro y sabio.

—“El hombre debe pelear por su vida; si hasta el perro callejero se defiende con toda su energía y lucha por un bocado, y el hombre que trabaja como bestia, que produce, ¿por qué no ha de luchar por su vida? ¿Qué pecado puede haber, santo Dios, cuando el hombre se rebela por sobrevivir?”—

Estas palabras del sabio negro le sonaban en los oídos de aquella reunión tan sentida. Y siguió recordando:

—“El agua de los mares se eleva al cielo y cae purificada en las montañas para luego reunirse en los manantiales y las quebradas y formar los ríos, y en esa unión hacen florecer la vida; así los pobres, como las aguas cristalinas, debemos unirnos para dar sentido a nuestras vidas…”—

Sí que sufrían en el alma jefe Seminario y esos bravos luchadores —dijo Rubencito con tristeza infinita—; yo también sufría por nosotros, los trabajadores que nos llamamos “estables”, y por las “contratas”, que se revientan como topos labrando la tierra.

—Dime, Rubencito —dijo Camilo—, ¿qué pasó después? ¿Qué hicieron los cholos y los negros al verse traicionados por los peones? ¿Qué hicieron sus dirigentes? ¿Qué dijeron esos viejos consejeros?

—Ya es tarde, Camilo —dijo don Rubencito, mirando por los cerros el sol—; tengo que recoger al ingeniero Núñez, pero quien te contará mejor serán los bravos Indalecio y Juvencio, que la próxima semana vienen a trabajar a estas nuevas tierras.

—¿Qué, a Indalecio y a Juvencio los mandan pa' cá? —dijo Camilo, abriendo más sus enormes ojos negros.

—Sí; a ellos los andan de aquí para allá por orden de Piura —respondió Rubencito—, desterrándolos a los lugares más apartados, pero ellos se las ingenian para conversar con la gente; ahora están preparando algo serio.

—¡Sí! —asentó Camilo—. Sé algo: jefe Seminario me ha mandado a decir: “Hay que trabajar duro con la gente pa' que esta vez el patrón no pueda dividirnos”.

—¡Sí! —dijo don Rubencito—. Esta vez hay que seguir los consejos del negro sabio: “De unirnos como las cristalinas aguas de los manantiales y de los ríos y darle sentido a nuestras vidas…”.






domingo, 28 de julio de 2013

LA HACIENDA

 II

LAS   PEONADAS








—¡Chapaloooollaaa, chapaloooollaaa…!

Gritaba el tractorista Camilo en medio del bullicio que hacía la máquina cartapila D-8, mientras introducía la filuda cuchilla en el tupido bosque, arrasando y triturando las raíces de los árboles, que lo miraban rebeldes, con sus entrañas salidas de la tierra. Esas raíces parecían arañas gigantes —negruzcas, parduscas, verduscas— que se tornaban con palpitante vida, robustas y pujantes, prestas a saltar sobre Camilo. Cuántas veces las observó moverse como reptiles en la tierra removida, salir por la tupida maleza, golpear con furia la dura máquina o arañar con sus llorosos filamentos sus brazos, sus piernas, su rostro, o quitarle con violencia su amarillento sombrero de junco.

Chapalolla era un púber, casi un niño, que desde muy pequeño se había criado ayudando en el campo a los tractoristas de la Hacienda y preparándoles la comida. Era huérfano de padre y madre. Eran dos hermanos: él se llamaba José y su hermano menor, Segundo, al que decían el Culón.

El Culón también ayudaba en la preparación de la comida para los pensionistas de la Mama Inés. Eran serranos, de arriba, de Ayabaca, y habían bajado a la Hacienda con unos familiares; pero ellos, con su trabajo, se mantenían desde muy pequeños.

El Culón estudiaba primaria en Surpampa y, para ir a la escuela, caminaba unas dos horas todos los días; pero antes de ir tenía que cargar agua del canal y dejar repletos los barriles y las tinajas de la Mama Inés. Todo lo hacía rápido, moviendo con gracia —pero con naturalidad— su abultado trasero; por eso se ganó ese apodo. Los tractoristas se lo pusieron cuando por las noches bajaban a cenar donde la Mama Inés. Cuando le decían Culón, se ponía como un tomate y quería matar al que lo ofendía, mientras todos los pensionistas se reían.

Muchas veces el Culón hacía de mozo y llevaba los platos humeantes de sopa, y al que lo fastidiaba le dejaba caer un poquito de caldo en las manos o en los brazos. Varios tractoristas y peones tenían recuerdos del Culón en los brazos y hasta en la nuca; algunas cicatrices eran grandes pasadas de mano del Culón.

El apodo Chapalolla también fue obra de los tractoristas. José paraba su olla en una cocina improvisada en medio del campo y la llenaba de todos los alimentos que encontraba a mano. Esa olla repleta de frijoles, yuca, zapallo, arroz, verduras… parecía alforja de ciego. La dejaba en preparación y corría a ocuparse de la máquina; entonces los tractoristas le decían:

—Cholo, chapa la olla.

Y José corría a ver si la comida ya estaba, pero regresaba diciendo:

—Falta un poquito, mestro, la yuquita está un poco durita.

Y los tractoristas, con hambre, nuevamente:

—Cholo, chapa la olla, se va a recocinar la comida.

Así fue como José se fue identificando con ese nombre, con esas palabras que se las decían de una sola tirada:

—¡Cholo Chapalolla!

Cuando menos se dieron cuenta, a José se le fue borrando su verdadero nombre para dar paso al de Chapalolla, ya que casi nadie le decía su nombre original, excepto la Mama Inés, que lo quería a él y al Culón como si fuese su propia madre.

—¡Ah, maldito Chapalolla, que no se apura con la comida! Se me retuercen las tripas, tengo una orquesta en la barriga.

—¡Chapaloooollaaaa! ¡Chaaaaaapppaaloooollaaaaa…! —se desgañitaba Camilo.

—¡Acááááá toy! —respondió Chapalolla desde el bosque, bajo un ceibo, donde había acomodado su cocina de campaña y la atizaba con el aire de sus pulmones, resoplando con furia. El sol estaba en lo alto del cielo, y palomas silvestres, por bandadas, surcaban los aires con dirección al río. A pesar del ruido de la máquina, se escuchaba a lo lejos el trino de los pájaros y el persistente picoteo de los carpinteros, que, asustados, observaban a la máquina y a los hombres que habían invadido su territorio.

Chapalolla llegó corriendo donde estaba el maestro tractorista Camilo.

—Mestro, ya está el almuerzo. Tres tórtolas le he chau a la sopa, de las que nos han vendido los pajareros en la mañanita.

—¡Qué pendejo eres, Chapalolla! —dijo Camilo, mostrando su dentadura blanca y perfecta—. Nos vamos a quedar dormidos con tanto alimento.

—Tamién le chau plátano verde, arroz, frijoles… venga a comer calentito, mestro.

—Pera, pa’ dejar en mínima la máquina —respondió alegre el maestro Camilo, poniéndose de pie, dejando ver su gran musculatura y sus hombros cuadrados. Apoyó sus hercúleos brazos en la varilla de fierro que pendía del techo de la máquina, saltó a tierra como felino, aplastando con sus botas mineras la maleza y avanzó a zancadas, triturando la hierba que se oponía a su paso.

—Sírvase, mestro —dijo atento Chapalolla, alcanzándole un gigantesco mate lleno de humeante sopa y un cucharón de palo.

—¡Chucha, qué rico! ¡Cocinas como hembra, mi Chapalollita! —dijo Camilo mientras se metía a la boca una presa de tórtola.

—Mestro, ya viene con pendejadas.

—Si jueras hembra, serías una serrana mamacita, chiquilla bien rica, gordita, rosadita, la bandida —le decía Camilo mientras trataba de cogerle los cachetes con sus toscas manos.

—¡Ya, mestro! —se molestó más Chapalolla, poniéndose de pie y yéndose a otra ceiba que le daba sombra—. Mire que hay bastante piedra fina.

—Cojudo, si te agarro no te dejo ni una pluma. Ninguna hembra se me ha escapau. ¿Quién te puede defender en estas soledades?

—Por eso no me gusta venir a trabajar con usté. Mejor me hubiera ido al Tutumo con el mestro Jefe Seminario.

—¡No, mi Chapalollita, mi cholito lindo! Cocinas bien rico. Ese chino e’ mierda que le ayuda a Seminario cocina pa’ perros. La vez pasada le metió camote a la sopa, pua que me hizo tragar sopa dulce con plátano salau, todo entreverau, parecía un vomitau.

—Eh… mestro, escuche —dijo Chapalolla, mientras con su índice señalaba el bosque, por donde la angosta carretera se divisaba.

—¿Qué? —dijo Camilo mirando hacia la carretera.

—Viene carro, mestro, es el lan rover de don Rubencito.

—Ah, Rubencito… seguro que trae combustible —dijo Camilo.

Don Rubencito, así lo llamaban cariñosamente al chofer de la Hacienda. Era un noble hombre que, en su juventud, había sido camionero rutero de la costa del Perú: de Tumbes a Tacna traficaba. Era trigueño, alto y fuerte; de nariz aguileña, pelo ondulado, largos brazos y dedos gigantescos; simpático, de hablar pausado y mirada serena. Era servicial como ninguno, poco se molestaba y casi no conocía la enfermedad. Tan puntual en el trabajo como el sol de cada día, y a pesar de su hercúlea figura, jamás le gustaba la pelea. Eso sí, era un justiciero infatigable de los débiles.

Eran esas dotes las que hacían que la gente lo quisiera, principalmente las mujeres, a quienes trataba con caballerosidad y galantería.

Esta cualidad de imán con el género femenino era una virtud, pero a la vez su principal debilidad. Tenía muchos hijos en Piura y otros en Sullana. Su esposa Juana, de Piura, le cobraba la quincena, pero esta ya estaba dividida en dos partes: la mayor, para la señora de Piura; la otra, para la de Sullana. La Hacienda le pagaba la alimentación, y hacía cien oficios fuera de su jornada laboral para tener unos centavos en el bolsillo. Sus máximos ingresos provenían de la cría de gallos de pelea, de pollos finos que desde la madrugada atendía amorosamente.

—¿Qué tal, muchachos? —saludó don Rubencito afectuosamente, alcanzando a Chapalolla una mano de plátanos maduros.

—Bien, don Rubencito —respondieron.

—Les traigo la grasa, el aceite y el petróleo.

—¡Espera, no bajes todavía! Ven, Rubencito, sírvete… mira lo que me ha cocinau mi mujer —dijo Camilo riéndose.

—¡Ya, mestro! ¡Qué dirá don Rubencito! —se quejó Chapalolla.

—Cojú, si don Rubencito es más pendejo con esa carita que tiene. ¿Qué dice la Guillermina, la mona colorada?

Y don Rubencito solo lo miró serio y movió la cabeza. La Guillermina era una hermosa mujer ecuatoriana que todos los jueves por la noche venía de Macará a ver a don Rubencito. Era una mujer de unos treinta años, redonda, serrana, colorada, de largos cabellos castaños que se trenzaba en un moño; de ojos claros y nariz recta, de cuerpo parejo, piernas rellenas, caderas abultadas y exquisitos senos. Cuántos hombres en la Hacienda la deseaban: los capataces y mayorales, los empleados y aduaneros, los militares y los guardias, los comerciantes de las tiendas grandes y los dueños de ganado. Pero ella prefería a don Rubencito, que tiernamente la trataba y la amaba en medio del campo, a la luz de la blanca luna.

Y don Rubencito seguía moviendo la cabeza y saboreando la rica sopa preparada por Chapalolla, mientras Camilo soltaba la risotada, dejando ver dentro de su enorme boca el arroz masticado y las presas trituradas.

—¡Ya, muchachos, a trabajar! —dijo don Rubencito poniéndose serio—. Vamos a bajar las cosas, y para ayudarte a engrasar, Camilo.

—Ya, Rubencito, porque Chapalolla es una madre engrasando.

—Ya no moleste, don Camilo, que con don Rubencito siempre aprendo.

—Allí sí tienes razón, Chapalolla —dijo Camilo—. Rubencito es un pendejo con las hembras, pero en el trabajo es una yunta. Vamos a ayudarle, güevos rajaos.

—Ahora estuve en el Tutumo —dijo don Rubencito—, con el Jefe Seminario y con el Chinito. Engrasé el otro D-8 y lo dejé como el cuete. Pucha, que el Chinito se fue de alivio, porque sabrás que a Miguel le gusta todo en regla.

—El Jefe Miguel Seminario es un chucha —dijo Camilo—. Cuando le entran los nervios, se desconoce él mismo. Es un serrano de coco y caña; pero es bien derecho. Con él nayde viene con pendejadas. La vez pasada granputeó al propio ingeniero Núñez, chucha, que entre serranos se agarraron; pero Núñez lo respeta. Quien le tiembla es la mula Morey, ni se le acerca. Cuando le toca controlarlo, se hace el disimulau y mejor manda a otro. El Jefe se las ha jurau delante de la gente, allá en la entrada del pueblo, donde la Mama Ramona. Yo estuve allí ese domingo. El Jefe se enteró que la mula le había pegau a don Abelito…al viejo lampero, que pa’ colmo anda achacoso, ¡puta que el Jefe empezó a echar espuma por la boca de la cólera! En eso pasa la “mula” Morey, bien orondo, montado en su mula colorada, más cuando el Jefe ya se había aventado su cañazo. Cuando lo vio, se salió del rancho de la mama Ramona a pampa limpia.
—¡Ven, mula, abusa conmigo, mierda hija’e perra! —le gritó.

Aventó pa’llá su reloj, ese que tiene pa’ controlar las horas extras, y también la camisa. Los ojos se le salían de furia. El mayoral se paró en seco; su mula colorada se movía retrechera. El Jefe, sin camisa, pelado, ya lo topaba, cuando Morey soltó las riendas del animal y salió corriendo despavorido como si lo persiguiera el diablo, sin chistar palabra.

El Jefe lo siguió a carrera abierta. La mula del mayoral corría con el rabo entre las patas, como perra cobarde; parecía que se había contagiado del miedo de su dueño. El Jefe corría como loco detrás del trasero de la mula, gritando ajos y mierdas. El animal metía más el rabo entre las patas, como si el Jefe le fuera a hacer algo. Morey hundía las espuelas en el lomo del animal, haciéndolo rechinar y ganar terreno.

Se armó un alboroto de los mil demonios. Muchos piones salieron de sus covachas y le gritaban lisuras al mayoral. Unos negros y cholos de los canchones, a lo lejos, se arremangaban las camisas, queriendo pelea, y avivaban al Jefe, que se quedó en medio del pueblo, acezando como burro, mientras Morey huía hacia la casa-hacienda, donde estaba la oficina, y se metió como rata en su guarida.

Todos pensaron que se iba a quejar en la oficina, pero nada hizo. La “mula” Morey no se quejó porque el Jefe le advirtió:
—Si me denuncias, perro sarnoso, te mato.

Y el Jefe cumple su palabra; ya lo conocemos, que es capaz de todo.

—Sí, es capaz de todo —respondió don Rubencito—. Hoy estuve con él y está molesto por las miserias que paga la Hacienda, por lo mucho que sufre la gente con sus crías. Me contó sus experiencias con los obreros de Chimbote: “Esos sí que son bien machos”, me dijo. También recordó a los cañeros de Casa Grande, allí aprendió a pelear con la fuerza de la organización.

El Jefe sabe lo que es lucha, pero quiere gente, la mayoría. “Con pocos nos quemamos, es una cojudez”, dijo. Pero a veces, al ver tantos abusos, no se contiene y quiere arreglarlo todo a puñetazos y patadas. ¿Quién puede decirle algo, si defiende lo justo? En el trabajo es un tubo: ha derribado casi la mitad del bosque de la parte del río desde que vino; es el tractorista más antiguo, un verdadero maestro.

Recuerdo la última movida que hicieron los trabajadores de la Hacienda; él fue nuestro representante. Yo lo vi reclamarle al viejo patrón don Felipe sin chuparse. El viejo lo miraba con respeto, y los oficinistas, asustados. Hubieran visto a Morán, con la boca abierta, mirándolo desde sus libros contables. El Jefe, cuando llegó al punto, levantó más la voz:

—Aquí nos morimos, don Felipe. La gente está enferma; se mueren por montones los hijos de los peones y la Hacienda jamás nos ayuda. No hay enfermería, sólo un sanitario militar más bruto que las mulas, que trata con desprecio a nuestra gente.

El jornal que nos paga es tan miserable que la gente vive endeudada, enganchada a la Hacienda y a las tiendas grandes, a pesar de que nos sacamos el ancho todo el santo día, gastando nuestras míseras energías. Por eso los trabajadores se tuberculizan, y muchos peones andan debocando sangre por los rozos y los canchones.

Nuestras viviendas son barracas, covachas; no son dignas del ser humano. Nuestros hijos no tienen colegio y tienen que ir a aprender unas letras caminando horas a Surpampa, Chirinos, Suyo y hasta al mismo Macará, en Ecuador, ¡a otro país!

No tenemos ni una mejora, y así van pasando los años, envejeciendo prematuramente...

—Calma, calma, Miguel —le interrumpió don Felipe—. Sabes… te voy a hacer una proposición, y tú eres un hombre inteligente. Mira, te voy a dar a ti un aumento especial, el doble de lo que estás ganando, y si te portas bien, un regalito de los que sabe hacer el tío Felipe… Y esto lo hago porque creo que eres familia de mi esposa.

—¡No, don Felipe! —gritó el Jefe—. Yo soy Seminario de otra rama, y no quiero aumento para mí solito, sino para todos mis compañeros. Estoy aquí en representación de todos. ¡Y esas propuestas hágaselas a los puercos!






  Pucha, al viejo casi le da un ataque —continuó don Rubencito—. Se puso furioso y quiso darle miedo al Jefe, pero éste lo miraba fijamente, con ojos de fuego. Cuando don Felipe levantó su rechoncho cuerpo de sapo y se acercó a Miguel, le asustaron los ojos brillosos de candela que tenía, que seguro le quemaban el alma cochina. El patrón empezó a tiritar y a lagrimear del ojo derecho; quiso gritar, pero estaba como paralizado. Se miraron cara a cara un buen rato, y luego, resoplando, el viejo tomó aliento y le salió un grito tan feo como si lo hubiera dicho dentro de una tinaja:

—¡Carajo, nuay aumento pa’ nadie!

Y el Jefe respondió enseguida, con voz potente:

—¡Si el sábado no sale aumento para todos los trabajadores, el lunes no trabaja nadie en la Hacienda! ¡Ese es el acuerdo, don Felipe!

Pucha, el viejo se quedó pensando un rato y luego replicó:

—¿Acuerdo de quién?

—¡De los trabajadores! —respondió el Jefe Seminario.

—¿De los tractoristas? —interrogó don Felipe.

—No —dijo el Jefe—, de todos: los jornaleros, los tractoristas, los peones y también las contratas.

—¡Que también esos negros y cholos de mierda, que por piedad les he dado trabajo en la Hacienda! —gritó don Felipe.

—Así es —asintió el Jefe—, son trabajadores también de la Hacienda.

—¡Para mí son perros, que en cualquier momento los despido; no pertenecen a la Hacienda!

—Están produciendo más que los peones de la Hacienda, don Felipe; es justo que también se les aumente.

La oficina estaba hecha un fuego y el Jefe, con la mecha prendida. Los oficinistas Salazar, Washington y Morán habían dejado de trabajar; estaban asustados y escuchaban atentos la discusión. Don Felipe acezaba; sufre del corazón. Cuando miró directamente, en medio del silencio, a los oficinistas sentados como estacas, gritó:

—¡Carajo! ¿Y ustedes por qué se quedan paralizados? ¡Trabajen, chismosos de mierda!

A Morán le faltaban manos para escribir en los libros, y a Salazar y Washington, dedos para continuar en la máquina. Don Felipe regresó a su butaca con pasos cansinos. Había llegado de Piura la noche anterior; era martes, y había venido por tres días a inspeccionar la siembra y otros trabajos de la Hacienda. El ingeniero Núñez estaba repartiendo órdenes a los mayorales fuera de la oficina, y luego teníamos que llevar al campo al viejo en el land rover para que vea el avance con sus propios ojos.

—Ya sabe nuestra decisión, don Felipe —dijo valientemente el Jefe Seminario, rompiendo el silencio.

—Está bien —dijo el viejo, más calmado—, voy a pensarlo. Vete, por favor; no me agites a la gente.

—La miseria y el abandono son los que agitan, don Felipe. Recuérdelo.

Y el Jefe Seminario se fue con pasos firmes, poniéndose su gigantesco sombrero blanco dominguero. El viejo lo miró bajar la loma de la oficina, con sus largas zancadas y su andar gallardo, como quien ha vencido un duelo. Sentado en su butaca, las sienes le latían y el corazón se le quería salir por la boca. Pidió agua azucarada; los oficinistas se pelearon por alcanzársela. Luego, de tomar lentamente su agüita, se puso a pensar, mientras los oficinistas trabajaban como ningún día. En eso, como acordándose de algo, mandó a llamar al ingeniero Núñez.

Éste vino casi corriendo y se cuadró ante don Felipe. El viejo, a boca de jarro, le preguntó:

—Oye, Jorge, ¿tú conoces bien a la gente?

—Sí, don Felipe —respondió—. Recuerde que me he criado con campesinos en la hacienda Yanchalá.

El viejo movía la cabeza afirmativamente.

—¿Conoces bien a ese serrano piquiento de Miguel Seminario?

—Sí, don Felipe, lo conozco bien. Él es muy antiguo; con él empezamos a derribar el bosque. Es piurano. Usted también lo conoce.

—Sí lo conozco, pero no en esta faceta de representante de los trabajadores. Me ha sorprendido —dijo el viejo patrón.

Don Felipe seguía moviendo la cabeza, y a veces no se sabía si era de aprobación o de amenaza.

—Entonces —dijo el gamonal—, tenemos que conversar sobre unos problemas que me ha planteado ese serrano malnacido. Ha venido aquí como delegado de los trabajadores.

—Sí —dijo el ingeniero—, conozco bien esos problemas, sus reuniones y lo que piensan hacer...

—¿Cómo? ¿Usted sabía y no me ha informado? —dijo el viejo, encolerizándose.

—En su debida oportunidad se lo iba a comunicar, señor —respondió humildemente el ingeniero—. Si usted recién ha llegado.

—Tienes razón, pero me hubieras advertido para estar preparado.

—Sí, señor, pero estaba ocupado dando órdenes a los mayorales y no vi cuándo subió Seminario.

—Vamos a conversar tú y yo para ver cómo solucionamos el problema. Aquí no, ves a esta gente chismosa —dijo el viejo, pasando la mirada por los oficinistas. También a mí me plantó la mirada; yo estaba facturando lo que había traído a la Hacienda—. ¡Ya, Rubén, termina y prepara la camioneta que vamos a salir al campo! —me dijo.

Luego el viejo y el ingeniero se encerraron en el departamento. A los oficinistas les volvió el alma al cuerpo; tan pronto desapareció el viejo, se relajaron y comenzaron a maldecirlo.

Don Rubencito contaba a Camilo y a Chapalolla lo sucedido tiempo atrás, mientras engrasaba el D-8, tumbado en la maleza. Un copioso sudor bañaba su cuerpo y su rostro. Camilo y Chapalolla, en verdad, eran sus ayudantes, ya que don Rubencito conocía bien ese trabajo y lo hacía con maestría y rapidez desde sus tiempos de camionero.

—¿Y qué pasó luego, Rubencito, le aumentaron el salario a la gente? —interrogó Camilo.

—La Hacienda nos hizo una jugarreta. En Piura me enteré bien de la vaina. Yo tenía el dato para pasarle la voz al Jefe Seminario, que es mi collera, pero me enviaron con la plata de la planilla el mismo sábado; a la gente le pagaron en la madrugada del domingo.

—¿Pero cómo fue la jugada? —preguntó impaciente Camilo, sacudiéndose la ropa sudorosa.

—Fue así —dijo don Rubencito, limpiándose las manos con una franela roja y negruzca de tanto uso—: el mismo ingeniero Núñez me lo contó tiempo después. En la reunión que tuvo con don Felipe, acordaron dar un aumento conforme al acuerdo de los trabajadores, es decir, el 10%. El ingeniero convenció al viejo de que, si no se aumentaba a todos, se iba a desatar una huelga general. Le dio un poco el lado a la gente, y tenía razón, porque todos reclamamos. El aumento no era grande, pero sí regular. El ingeniero le prometió mayor producción de arroz y plátano, superior al año anterior. El viejo se entusiasmó: “Más cabezas de ganado en las invernas, don Felipe”, y al patrón le brillaban los ojos.

Pero el viejo tenía el prejuicio de que ese aumento iba a mermar su autoridad y que los trabajadores iban a pedir aumentos cada cierto tiempo, amenazando con la “maldita huelga”. El ingeniero le respondió que conocía bien a su gente, que eran campesinos tranquilos y, por el contrario, con el aumento trabajarían mejor y rendirían más. Entonces acordaron aumentar a los tractoristas, a los peones, a los piareros, a los cuadrilleros y, lo que es más, a las contratas, que son un montón.

El viejo, después de la reunión, quedó tranquilo. Inspeccionó el molino, los rozos de arroz, los plátanos, y dio vuelta por las invernas, donde estaban las nuevas cabezas de ganado que había traído del extranjero. También se dio una vuelta por el bosque, donde el Jefe Seminario estaba preparando nuevas tierras de cultivo, pero no se entrevistó con él. Vio su trabajo y le pareció bueno.

El problema vino cuando regresamos a Piura y el viejo le comunicó el acuerdo al administrador de la Hacienda, Julio Domínguez. El pelado Domínguez saltó de su asiento. Me lo contaron mis causas de la oficina de Piura, Estrada y Recarte, con pelos y señales del diálogo que se dio:

—Pero, don Felipe, ¿qué ha hecho? ¿Sabe lo que significa un aumento de esa magnitud para todos los trabajadores de la Hacienda?

Y el administrador comenzó a sacar cuentas. Como a la hora daba cifras. El pelado, sudoroso, explicaba en un cuadro con números bien grandes para que el viejo entendiera.

—Pero yo he dado mi palabra, Julio.

—¿Con quién se ha comprometido, don Felipe?

—Con el ingeniero Núñez, y este con los trabajadores.

—Pero usted, en persona, no se ha comprometido con los trabajadores; además, el ingeniero es hombre de su confianza, bastará con llamarlo por radio.

—¿Y si hacen huelga los trabajadores? —replicó don Felipe, preocupado.

—¿Cómo está la situación en la Hacienda, don Felipe? —interrogó el administrador, escudriñando con sus pequeños ojillos al dueño.

—Está de candela. Todos están unidos. Me lo ha dicho su representante, Miguel Seminario, y me lo ha confirmado el ingeniero Núñez.

—Le han exagerado, don Felipe. ¿Usted cree que esos cholos de Catacaos y esos negros morropanos van a hacer algo si no les aumentamos? ¿Qué pueden hacer esos indios ignorantes de la Hacienda? ¿No recuerda que están cercados por el Ejército y la Policía?

—Pero ya han hecho revueltas, Julio. ¿No recuerdas esos levantamientos de esos indios lugareños por sus tierras? ¿No te acuerdas de las movidas que hicieron el indio Tomás Quesquén y el cholo hijo de perra de Benigno Riofrío?ç

—Pero los sofocamos y les dimos su escarmiento, don Felipe.

—Pero ya no quiero más problemas, Julio. Tenemos casi dominado todo ese territorio. Tú bien sabes de nuestras jugadas con esas tierras...

—Pero, don Felipe, se me mueve todo el presupuesto y significa menor margen de utilidad; y lo que queremos es aumentar las ganancias, crecer para extendernos más. Necesitamos la instalación de un nuevo molino en Las Lomas, comprar más ganado fino para el cruce, más maquinaria moderna, más semillas de calidad, más abonos...

—Pero el ingeniero Núñez me ha dicho que habrá más producción y más ganancia si les aumentamos el 10 % a todos los trabajadores de la Hacienda.

—¡Don Felipe! ¿Qué sabe ese serrano, si con las justas ha terminado con favores en la Agraria? No sabe nada de administración ni de contabilidad.

—Lo hubieran visto —dijo don Rubencito, enojado—, a ese pelado Domínguez desgraciado, argumentar y decir tantas cosas que yo no entendía bien. Usaba unas palabras raras, técnicas, que ni el propio don Felipe las entendía; y cuando le hablaba así, el viejo le decía:

—Explícate bien, que te entienda, canta claro.

Ya habían concluido de engrasar el D-8 y ahora se prestaban a bajar el petróleo, que en cilindros trasladaba el land rover del grifo de la Hacienda al campo, donde el hombre y la máquina desaparecían los bosques frondosos.

—Total, ¿qué acordaron el pelado Domínguez y don Felipe?

 —preguntó Camilo, en plena faena.

—Después de discutir un par de horas, don Felipe estaba casi convencido, y le dijo al administrador que había que encontrar una solución inteligente que favoreciera a sus intereses.

—El serrano Núñez me ha aconsejado mal. Tú eres mi hombre de confianza, Julio; búscate una solución efectiva, con tal de que no haya peligro de que esos indios, cholos y negros paralicen las labores de la Hacienda. Considérales un aumento mínimo —dijo el viejo patrón.

—¡Ya, don Felipe, ya tengo la solución! —dijo el administrador al rato.

—¿Sí? ¿Cuál es, Julio?

—Sencillo —dijo el administrador, pasándose sus delicadas y afeminadas manos por la cabeza pelada y luego cogiendo la sumadora—. Mire, vamos a considerar la tercera parte del aumento que usted se había comprometido, pero sólo a los trabajadores de planta, los estables; para las contratas, ni un centavo.

—¿Está bien eso, Julio? —interrogó el propietario.

—Aquí vamos a matar dos pájaros de un solo tiro, don Felipe.

—Explícate —dijo el terrateniente, inquietándose.

—Primer pájaro —dijo seriamente el administrador—: al no aumentar a los contratados, nos vamos a ahorrar un buen dinero que nos servirá para comprar semillas y abonos de primera; esa es una buena inversión. Segundo pájaro, y mucho ojo, don Felipe: vamos a dividir a los trabajadores de la Hacienda, a los estables y a los contratados, que según parece quieren unirse para hacernos la guerra. Al darles esos centavos a los estables, no van a querer saber nada con esos cholos y negros de las contratas, que pretenden hacernos problemas. Con esa medida los vamos a dividir...

—Me parece una medida acertada, Julio —asintió don Felipe, poniendo en su rostro una expresión cómplice, como cuando quiere hacer una negra jugada.

—Pero hay que tomar otras medidas, don Felipe.

—Tienes carta libre, Julio, para que tomes todas las medidas pertinentes, pero me gustaría saberlas. ¿Cuáles serían?

—Sí, don Felipe. En principio, este acuerdo no hay que comunicárselo al ingeniero Núñez. A este ingenierito me parece que se lo está ganando la indiada y lo traiciona su corazoncito... Está bien para que trabaje en el campo, para lo que ha sido medio formado, pero para mandar gente es un blandengue, un güango, no sirve.

—Así me parece, Julio. Pero vieras cómo hace florecer esos campos con su mano maestra...

—No es para tanto —replicó el pelado Domínguez con su rostro envidioso—; es por nuestra dirección diaria que le damos por radio. Si le faltara, no sabría qué hacer...

—¿Qué otra medida implementaremos, Julio? —interrumpió el dueño.

—Ah, llamaremos a todos los responsables contratistas y les advertiremos que cuiden a su gente, que no se amotinen. Que al menor desorden les rescindimos el contrato y no les reconoceremos el pago de la última quincena. Pues sabrá usted que siempre en los pagos vamos arrastrando una quincena, es decir, nunca estamos al día con los pagos a los trabajadores, ya que éstos tienen que trabajar la quincena para recién pagarles, y si se portan mal, corren el riesgo de que no les paguemos.

—Qué bien, Julio, hay que ser precavidos con esos salvajes

 —dijo el terrateniente, contento, celebrando la medida del administrador.

—Otra medida será poner al tanto al Ejército y a la Policía de los movimientos de esos zarrapastrosos. A esos señores les hemos hecho demasiados favores y hace tiempo que no nos dan un buen dato. ¡Cuánto arroz, plátano y ganado para la tropa les damos, y cuántos viáticos! Los jefes de antes eran mejores; ahora estos se han dedicado al contrabando y a la pasta. En esta medida, don Felipe, hay que considerar echarle el guante y, si es necesario, ajustar las clavijas a ese Miguel Seminario y demás rebeldes que están levantando a la indiada.

—Claro, claro —asintió don Felipe.

—Ah, otra medida, don Felipe, es que Rubén lleve el pago de la quincena hasta el sábado por la tarde, para que paguen al personal estable con su respectivo aumentito la madrugada del domingo, y a la contrata le paguen el domingo por la mañana, sin ningún céntimo de aumento.

—Muy bien, Julio, te aplaudo; es buena medida.

—Y por último —dijo el pelado Domínguez— hay que estar al tanto de la situación, que por radio nos informen de todo lo que ocurre en la Hacienda.

—Eso es, Julio, hay que preverlo todo —manifestó el terrateniente, ya sereno y contento, recostando su rechoncha humanidad en su silla giratoria.

(Próximamente: Segunda mitad de Las Peonadas)

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